Durante décadas, los científicos han intentado explicar por qué la atmósfera exterior del Sol alcanza temperaturas mucho más altas que su superficie visible. La fotosfera ronda los 10.000 grados Fahrenheit, pero en la corona la temperatura supera los dos millones. Esta inversión térmica, aparentemente contradictoria, es uno de los grandes enigmas de la física solar.
El viento solar, un flujo constante de partículas cargadas que escapan del Sol y se expanden por la heliosfera, está directamente vinculado a ese fenómeno. Estas partículas moldean el entorno espacial del sistema solar y, cuando se intensifican, pueden afectar satélites, comunicaciones y redes eléctricas en la Tierra.
Las aproximaciones récord de la sonda Parker han permitido obtener mediciones directas en las regiones más cercanas al Sol, donde se origina este flujo de partículas. Por primera vez, los investigadores pueden analizar con gran precisión cómo se transfiere y redistribuye la energía en la atmósfera solar.
El estudio, publicado en Geophysical Research Letters y liderado por Kristopher Klein, del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona, emplea una herramienta numérica llamada ALPS para trabajar con las distribuciones reales de partículas observadas por la nave. En lugar de recurrir a modelos simplificados, el equipo analiza el comportamiento auténtico del plasma solar para calcular con mayor exactitud cómo se mueve la energía.
Uno de los resultados más relevantes es que el viento solar no se enfría tan rápido como predecían los modelos clásicos a medida que se expande. Los datos revelan un proceso de amortiguamiento que redistribuye la energía entre partículas y mantiene temperaturas más elevadas de lo esperado. Este mecanismo podría ser clave para entender cómo el Sol calienta su atmósfera exterior.
Comprender estos procesos no es solo un ejercicio teórico. Las eyecciones de masa coronal y otros eventos solares pueden alterar el campo magnético terrestre, interferir con sistemas de navegación y aumentar la exposición a radiación en vuelos polares. Mejorar los modelos físicos del viento solar permite afinar las predicciones del clima espacial en una sociedad cada vez más dependiente de tecnología orbital.
Desde su lanzamiento en 2018, la sonda Parker ha utilizado múltiples asistencias gravitacionales de Venus para reducir progresivamente su órbita y acercarse cada vez más al Sol. Cada aproximación ha ampliado el margen de observación directa en zonas que antes solo podían estudiarse mediante simulaciones.
El alcance de estos hallazgos trasciende al propio Sol. El plasma caliente y los campos magnéticos intensos son comunes en todo el universo, desde el gas interestelar hasta los entornos que rodean agujeros negros y estrellas de neutrones. Entender cómo se disipa la energía en el viento solar ayuda a interpretar fenómenos similares en otros contextos cósmicos.
Las nuevas mediciones no resuelven por completo el misterio del calentamiento solar, pero sí obligan a revisar modelos fundamentales sobre cómo fluye la energía en plasmas cósmicos y ofrecen una base más sólida para futuras investigaciones.
Fuente: ResearchGate