La tensión entre China y Japón volvió a escalar, y esta vez lo hizo en el escenario más visible posible: las Naciones Unidas. Pekín envió una carta oficial al secretario general, António Guterres, para denunciar las recientes declaraciones de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, sobre un posible uso de la fuerza si China atacaba Taiwán.
El embajador chino ante la ONU, Fu Cong, calificó las palabras de Takaichi como una “grave violación del derecho internacional” y un gesto que, según él, supone una amenaza directa contra China. En su mensaje, aseguró que Tokio estaría cruzando “una línea roja” que Pekín no está dispuesto a tolerar.
Takaichi había afirmado días antes que un ataque chino a Taiwán podría considerarse “una situación que amenaza la supervivencia de Japón”, una fórmula legal que permite al Gobierno autorizar el despliegue de las Fuerzas de Autodefensa. Sus palabras rompieron con décadas de ambigüedad japonesa en torno al estrecho.
Para Pekín, esa declaración equivale a insinuar una intervención militar japonesa en un conflicto que considera estrictamente interno. China sostiene que Taiwán es parte de su territorio y que tomará “todas las medidas necesarias” para evitar que cualquier país interfiera.
En su carta, Fu Cong advirtió que, si Japón intentara actuar militarmente en un conflicto sobre Taiwán, China “ejercerá su derecho a la legítima defensa”, un mensaje que marca el tono más duro pronunciado por un funcionario chino desde que comenzó esta disputa hace dos semanas.
La respuesta japonesa no llegó de inmediato, pero en Tokio saben que estas tensiones aparecen en el peor momento posible. El nuevo Gobierno de Takaichi lleva apenas un mes en el cargo y ya enfrenta su primer choque diplomático de gran tamaño, que amenaza con dañar la relación económica entre ambos países.
Los efectos de la crisis ya se sienten en otros ámbitos. En los últimos días se cancelaron conciertos de artistas japoneses en varias ciudades chinas, una decisión que muchos interpretan como un reflejo directo del enfriamiento bilateral. Pekín ha insinuado que la cooperación comercial también se ha visto “seriamente perjudicada”.
China ha recurrido además al discurso histórico, recordando las atrocidades cometidas por Japón durante la Segunda Guerra Mundial y subrayando que, tras el conflicto, diversas declaraciones internacionales establecieron que Taiwán debía “ser restaurado” a China. Tokio, por su parte, insiste en que aquellas declaraciones no tienen un peso legal vinculante.
El trasfondo político es todavía más delicado. Taiwán celebra elecciones próximamente, y tanto China como Japón observan con atención la evolución del clima regional. Para Pekín, cualquier comentario externo relacionado con la isla se interpreta como una intromisión.
Mientras tanto, Estados Unidos, aliado clave de Tokio, sigue de cerca la escalada. Washington mantiene su propia política ambigua sobre la defensa de Taiwán, pero respalda públicamente que Japón adopte un papel más activo en la región.
Los analistas coinciden en que este episodio representa una de las mayores crisis entre China y Japón en años. Aunque por ahora todo se limita al plano diplomático, ambas potencias han elevado el tono a un nivel que preocupa a sus socios y a los organismos internacionales.
Por el momento, Pekín exige que Japón se retracte. Tokio, al menos en público, no parece dispuesto a hacerlo. Si ninguno baja el ritmo, la tensión en Asia Oriental podría seguir creciendo en los próximos días.
Fuente: Reuters