A 63 años luz de la Tierra, alrededor de la jovencísima estrella Beta Pictoris, orbita un planeta gaseoso con unas once veces la masa de Júpiter. Tiene apenas 23 millones de años y, pese a lo mucho que se le ha estudiado desde su descubrimiento en 2008, sigue guardando un secreto, en qué punto del disco de su estrella se formó.
Un equipo del Instituto Max Planck de Astronomía, en Heidelberg, y del Observatorio de la Costa Azul, en Niza, apuntó hacia él para resolverlo con GRAVITY+, un instrumento recién mejorado del Observatorio Europeo Austral en Chile. Lejos de despejar el enigma, la observación ha puesto en aprietos a la propia herramienta que iba a resolverlo.
El método que prometía leer el lugar de nacimiento
La idea de partida es elegante. En el disco de gas y polvo donde nacen los planetas existe una frontera de frío llamada línea de nieve, más allá de la cual el monóxido de carbono deja de ser gas y se congela en hielo. Dónde se formó un planeta respecto a esa frontera debería dejar una huella química en su atmósfera.
Esa huella son los isótopos del carbono. El mismo elemento viene en dos versiones de peso ligeramente distinto, el carbono-12 y el carbono-13, y la proporción entre ambos atrapada en el monóxido de carbono funcionaría como una etiqueta de origen, un método que el equipo de Yifan Zhang estrenó en 2021 sobre otro planeta y publicó en la revista Nature.
Aplicado a Beta Pictoris b, ese cociente debía indicar si el planeta se formó cerca de su estrella o mucho más lejos, en el reino helado del disco exterior, y si después migró hasta la posición que ocupa hoy, a unas diez veces la distancia entre la Tierra y el Sol.
Por qué el buen dato es una mala noticia
El primer intento, con la versión original de GRAVITY, había arrojado una proporción baja que insinuaba justo ese nacimiento lejano. Los propios autores desconfiaban del dato y pedían cautela, sospechando que el instrumento no alcanzaba a separar bien las señales más finas.
Tenían razón. Con GRAVITY+, la doctoranda Antonia von Stauffenberg y sus colaboradores obtuvieron una relación entre carbono-12 y carbono-13 mucho más precisa y bastante más alta que la anterior, una cifra que además coincide con la que otro equipo midió con un instrumento distinto, lo que refuerza que ahora el número es fiable.
De paso, los mismos datos dejaron indicios sutiles de que el brillo del planeta cambia con el tiempo, en un ciclo parecido a su rotación de unas 8,7 horas. Si se confirma, podría delatar nubes o química cambiante en su atmósfera, aunque la señal es todavía demasiado débil para darla por segura.
El golpe llega con lo que dice ese valor fiable. Sitúa al planeta en la zona interior y templada del disco, justo donde está ahora, y coincide con los valores típicos del Sistema Solar y del gas entre estrellas, igual que casi todos los gigantes jóvenes medidos hasta la fecha. Eso no prueba que el método sea inútil para siempre, sino que hoy no basta para leer dónde nacieron estos mundos, que de momento se guardan su historia.