En 1993, una nave espacial de camino a Júpiter giró sus instrumentos hacia la Tierra durante un sobrevuelo y detectó vida en el planeta sin necesidad de aterrizar. El experimento, ideado por el equipo de Carl Sagan, no buscó ciudades ni señales de radio, sino una anomalía en el aire.
Esa anomalía es la misma que hoy persiguen los astrónomos en planetas a años luz de distancia. La caza ha cambiado de objetivo, ya no basta con encontrar mundos habitables, ahora se rastrean mundos habitados, y la respuesta se juega en sus atmósferas.
El problema es que el gas más obvio, el oxígeno, resulta ser un mal testigo por sí solo.
Por qué el oxígeno solo engaña
Existe la idea, repetida incluso en buena divulgación, de que dar con oxígeno en un exoplaneta sería el hallazgo definitivo. No lo es. Ese gas puede acumularse sin que intervenga ningún ser vivo, por pura física y química.
El mecanismo más citado es sencillo. La luz ultravioleta de una estrella rompe las moléculas de agua de un océano, el hidrógeno, ligero, escapa al espacio y el oxígeno, pesado, se queda. El resultado puede ser un planeta cargado de oxígeno y del todo estéril.
No es un supuesto marginal. Los modelos publicados en AGU Advances muestran que ningún gas aislado, el oxígeno incluido, basta por sí mismo para declarar que un mundo está vivo. Hace falta leer la atmósfera entera.
La pareja imposible que delata la vida
La firma que de verdad entusiasma a los astrobiólogos no es un gas, sino un estado de desequilibrio químico extremo. En un planeta muerto, las reacciones acaban asentándose en una calma estable. La vida, en cambio, empuja sin descanso en dirección contraria.
La combinación estrella es oxígeno o su derivado, el ozono, junto a metano. Son incompatibles, porque bajo la luz de una estrella reaccionan entre sí con rapidez y se convierten en dióxido de carbono y agua. En la Tierra, una molécula de metano dura apenas diez o doce años antes de oxidarse.
Si ambos aparecen a la vez y en abundancia en una atmósfera lejana, la conclusión es contundente. Algo tiene que estar fabricándolos y reponiéndolos sin parar, porque de lo contrario ya se habrían destruido. Ningún volcán ni impacto conocido logra sostener las dos fuentes a la vez al ritmo necesario.
A esa pareja se suman dos testigos que refuerzan el caso. El vapor de agua apunta a océanos líquidos, el escenario ideal para la química biológica, y una cantidad moderada de dióxido de carbono, materia prima de la fotosíntesis, descarta un invernadero desbocado como el de Venus que enturbie las lecturas.
Cuándo lo sabremos y por qué la certeza no será total
El obstáculo es técnico. Captar esa mezcla exige analizar la luz de la estrella cuando se filtra por la finísima atmósfera del planeta durante un tránsito, una señal debilísima. El James Webb ya araña ese reto en sistemas como TRAPPIST-1, aunque sin capacidad para cerrar el caso.
La confirmación sólida se espera para la década de 2030, con instrumentos diseñados para ello, como el Observatorio de Mundos Habitables de la NASA o el Telescopio Extremadamente Grande que se levanta en Chile. Serán ellos los que puedan medir varias huellas a la vez.
Conviene, aun así, rebajar la palabra infalible. Incluso el desequilibrio tiene puntos ciegos, ya que un metano de origen geológico o el espectro combinado de un planeta y una luna con atmósferas propias podrían imitar esa señal sin que haya vida detrás. Por eso los científicos insisten en cruzar varias pistas antes de cantar victoria.