Ciencia · Publicado

Una isla podría estar naciendo en el Pacífico sobre un volcán que no estaba en ningún mapa

Un volcán que no figuraba en ningún mapa detallado lleva desde mayo en erupción bajo el Pacífico y podría estar levantando tierra nueva

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Columnas de ceniza y vapor emergen de una plataforma volcánica submarina vistas desde satélite
Erupción submarina vista por Landsat 9, con columnas volcánicas rodeadas de nubes y una firma infrarroja de la actividad. Créditos: NASA Earth Observatory, Michala Garrison.

Desde principios de mayo, una flota de satélites de varias agencias apunta al mismo punto del Pacífico occidental, frente a Papúa Nueva Guinea. Vigilan una erupción submarina que arrancó el 8 de mayo y sigue activa semanas después, con una paradoja de fondo, porque nadie sabe con certeza qué está entrando en erupción ahí abajo.

El foco está en el mar de Bismarck central, a unos 130 kilómetros al sureste de la isla Manus, sobre una estructura volcánica que los especialistas llaman de forma provisional dorsal de Titán. Un enjambre de pequeños terremotos dio el primer aviso y, un día después, los satélites captaron columnas de vapor.

El vacío no es anecdótico. Solo el 27,3 % del fondo oceánico estaba cartografiado con precisión moderna en junio de 2025, según el proyecto Nippon Foundation-GEBCO Seabed 2030, y esta cuenca del Pacífico es uno de esos huecos mal conocidos.

Cómo los satélites cazaron un volcán submarino que nadie esperaba

A partir del 9 de mayo, los satélites Aqua y Terra de la NASA registraron columnas blancas cargadas de vapor que subían a la atmósfera, mientras el sensor de color oceánico del satélite PACE detectaba aguas turbias y descoloridas alrededor del foco. Otros instrumentos observaron ceniza elevándose varios kilómetros.

El 12 de mayo, el instrumento VIIRS del satélite Suomi NPP detectó anomalías térmicas repartidas por unos siete kilómetros cuadrados. Para el vulcanólogo Simon Carn, de Michigan Tech, esa firma de calor apunta a una chimenea muy superficial, bastante menos profunda de lo que sugerían los mapas batimétricos disponibles.

Los datos previos situaban la cima de ese volcán a más de 400 metros bajo la superficie, con un fondo circundante de entre 500 y 800 metros, según recopiló el portal especializado The Watchers a partir de registros del observatorio de Rabaul. Hacia el 15 de mayo, las imágenes mostraban ya dos bocas activas separadas unos 2,5 kilómetros.

Jim Garvin, científico jefe del Centro Goddard de la NASA, subrayó la oportunidad que abre poder seguir el fenómeno con plataformas gubernamentales y comerciales que ya orbitan la Tierra. Rara vez se puede observar un episodio así desde el primer momento y con tanto detalle.

¿Nacerá una isla? El desenlace es incierto

Las imágenes ópticas muestran una actividad intensa en aguas poco profundas, con amplias zonas descoloridas, fumarolas dispersas y balsas de piedra pómez que dibujan largas estelas en las corrientes. Si asoma tierra firme, podría cuajar en un cono de toba con cráter o desmoronarse y erosionarse en poco tiempo.

Por ahora la erupción es mucho menos explosiva que otras recientes, como la del Hunga Tonga-Hunga Ha'apai en 2022. Carn considera improbable un giro violento, porque el fenómeno se asocia a un centro de expansión y no a una zona de subducción, aunque el escenario cambiaría si el agua de mar alcanzara la cámara magmática superficial.

La duración es otra incógnita. La erupción de 1972 en esta misma zona apenas se prolongó cuatro días, mientras que otra registrada en 1957 a un centenar de kilómetros duró casi cuatro años, así que el margen entre un episodio fugaz y uno persistente es enorme.

De amenaza local a laboratorio natural

El fenómeno ya ha dejado de ser una postal orbital para las comunidades cercanas. A comienzos de junio, las balsas de pómez derivaron hacia el noroeste y taponaron tramos de costa en varias de las islas del Almirantazgo, en la provincia de Manus, según documentó la NASA y recogieron medios locales del Pacífico.

Si la tierra nueva se consolida, se convertiría en una superficie estéril donde observar cómo la colonizan plantas y animales desde cero. Garvin plantea cartografiarla con el radar del satélite NISAR, de la NASA y la agencia india ISRO, y con la misión canadiense RADARSAT para vigilar cómo cambia su forma.

Existe un precedente que enseña lo valioso de ese escenario. La isla islandesa de Surtsey, surgida de una erupción entre 1963 y 1967 y hoy Patrimonio Mundial de la Unesco, lleva seis décadas cerrada al público y reservada a la ciencia, con un registro casi ininterrumpido de cómo la vida coloniza una roca virgen.

Conviene no adelantarse. De momento no hay confirmación de que haya emergido tierra estable, la erupción podría apagarse sin dejar isla y ni siquiera está zanjado qué formación exacta la provoca ni cuándo entró en actividad por última vez. Los satélites seguirán apuntando al mismo punto para averiguarlo.

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