Medio Ambiente · Publicado

Remolinos del tamaño de una moneda en el fondo del mar están moviendo el clima más rápido de lo que creíamos

Unos remolinos diminutos del fondo del mar están moviendo calor y carbono en el plazo de una vida humana, no en milenios como se creía.

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Pequeños remolinos sobre el fondo marino

En las profundidades del océano existen pequeños remolinos y espirales, algunos no más grandes que una moneda, que pasan totalmente desapercibidos. Un equipo internacional liderado por la Universidad de Cambridge acaba de mostrar que esas estructuras minúsculas ayudan a mover algunas de las palancas más importantes del clima que nos rodea.

El asunto va del reparto de calor, nutrientes y carbono entre la superficie y el fondo marino. Ese trasiego influye en el nivel del mar, en la salud de las pesquerías, en las inundaciones extremas y en cuánto dióxido de carbono es capaz de absorber el océano, y hasta ahora se daba por hecho que operaba en escalas de miles de años.

El giro del trabajo, publicado en Nature Communications, es precisamente ese. La turbulencia de las profundidades no tarda milenios en afectarnos, sino que puede hacerlo dentro de una sola vida humana, un cambio de ritmo que obliga a repensar cómo se conecta el fondo del mar con lo que ocurre en la superficie.

La autora principal, Laura Cimoli, lo compara con algo cotidiano. Habla de una microfísica del océano parecida a la física de las nubes, dificilísima y cara de observar, pero que gobierna desde la circulación marina hasta la vida de los ecosistemas, con efectos en la pesca, las inundaciones costeras y las olas de calor.

La prueba del tinte y los gases prohibidos

Para calcular esa velocidad, el equipo combinó mediciones físicas y químicas acumuladas durante décadas. Una de sus reglas para medir fueron los clorofluorocarbonos, los CFC, aquellos gases que dañaban la capa de ozono y que quedaron prohibidos en los años ochenta gracias al Protocolo de Montreal.

Al rastrear cómo se han hundido y desplazado, descubrieron que ciertas aguas profundas han transportado esos gases desde la Antártida hasta el Pacífico central y el norte del Índico en apenas cuarenta años. Esas mismas aguas cargan también calor, oxígeno y carbono, de modo que su rapidez no es un detalle menor, sino una pieza central del sistema climático.

El experimento más gráfico llegó con tinte. Los científicos lo inyectaron en un cañón profundo cerca de aguas británicas y vieron cómo ascendía hasta cien metros por día, alrededor de diez mil veces más rápido de lo que anticipaban los modelos, aunque conviene subrayar que ese valor procede de un punto concreto y no de todo el océano.

Al enfrentar esas observaciones con los modelos climáticos, las cuentas no cuadraban. Los autores no afirman que los modelos estén equivocados de raíz, sino que no reproducen bien este proceso concreto, la turbulencia de pequeña escala, y que requieren mejoras de fondo para resultar útiles a quienes deben tomar decisiones.

El coautor Ali Mashayek resume qué está en juego en la escala humana, los nutrientes que sostienen la pesca y la seguridad alimentaria, los cambios en el Ártico con sus consecuencias geopolíticas y meteorológicas, y las corrientes cálidas que se cuelan bajo las plataformas de hielo antárticas y disparan el nivel del mar.

Ojos en el mar, justo cuando peligran

La advertencia coincide con un pulso político en Estados Unidos. Este año, la Fundación Nacional de Ciencias empezó a desmantelar la Ocean Observatories Initiative, una red de más de 900 sensores submarinos valorada en unos 386 millones de dólares que lleva una década vigilando el océano en tiempo real.

La maniobra no salió adelante sin resistencia. Un grupo bipartidista de senadores presionó para frenarla y la agencia acabó deteniendo el desmantelamiento e incluso comprometiéndose a reinstalar los aparatos ya retirados, si bien varios científicos advierten de que otros programas de observación siguen pendientes de un hilo presupuestario.

El problema de fondo es que, sin esa vigilancia continua, se navega a ciegas. Si los nutrientes dejan de subir desde las profundidades, las cadenas alimentarias marinas pueden desplomarse y arrastrar consigo a la pesca, mientras que el modo en que el calor viaja hacia los polos condiciona el deshielo, el nivel del mar y la fuerza de las tormentas.

Por eso el mensaje de los investigadores tiene dos caras. Existe una microfísica del océano que gobierna nuestras vidas en plazos cortos y que apenas sabemos observar, y corremos el riesgo de quedarnos sin los instrumentos que la vigilan justo cuando descubrimos lo mucho que importa.

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