La energía solar ya no es una promesa ni un sueño pendiente. Es, simplemente, la forma más barata de producir electricidad en casi todo el planeta. Un estudio de la Universidad de Surrey confirma que generar energía con el Sol cuesta menos que hacerlo con gas, carbón o viento. Un giro enorme que marca el inicio de una nueva etapa energética.
Según el informe, en los países con más radiación solar producir un kilovatio hora ronda las 0,02 libras. Ninguna fuente limpia había llegado tan lejos. Incluso en lugares con poco sol, como el Reino Unido, los paneles solares ya superan en rentabilidad a muchas centrales tradicionales.
El profesor Ravi Silva, del Instituto de Tecnología Avanzada, señaló que el crecimiento ha sido vertiginoso. La capacidad solar mundial pasó los 1,5 teravatios en 2024, el doble que apenas cuatro años antes. “Ya no es una tecnología en desarrollo, sino el corazón de un sistema energético más estable”, dijo.
Los sistemas híbridos que combinan paneles y baterías de litio ya igualan los costos de las plantas de gas. El precio de las baterías cayó casi un 90 % desde 2010, lo que permite guardar energía durante el día y usarla por la noche. Algo que hace poco sonaba imposible.
En la práctica, esto significa que el Sol puede sostener una casa, una fábrica o incluso una ciudad entera sin interrupciones. Los expertos creen que su impacto económico será tan profundo como el que tuvo el petróleo en el siglo pasado.
Un cambio global en el costo y el acceso a la energía
La energía solar no solo reduce el precio de la electricidad. También cambia la relación de las personas con la red. Cada vez más hogares producen su propia energía y venden el sobrante, convirtiendo al usuario en parte activa del sistema.
En países como Chile, Marruecos o India, el costo de producir un megavatio hora ya cayó por debajo de los 20 dólares. Algo impensable hace una década. Esa revolución está moviendo economías enteras y atrayendo inversiones que antes iban a los combustibles fósiles.
En las economías ricas compite sin subsidios con el gas o el carbón. En las más pobres, abre la puerta para llevar electricidad a zonas que nunca la tuvieron, sin aumentar las emisiones. Una revolución silenciosa que empieza en los techos.
Los desafíos que todavía quedan
El Sol, claro, no brilla todo el tiempo. Esa variación obliga a rediseñar las redes eléctricas. En lugares como California o el norte de China ya se registran excedentes de energía que se pierden porque las infraestructuras no pueden absorberlos.
El equipo de Surrey plantea desarrollar redes inteligentes y usar inteligencia artificial para equilibrar la producción y el consumo. También reforzar las conexiones eléctricas entre países para compartir excedentes y evitar cortes.
El futuro pasa por materiales más eficientes, como las células de perovskita, capaces de generar más energía sin ocupar más espacio. Si se generalizan, los costos caerán aún más y el impacto ambiental será mínimo.
Para los investigadores, el reto ya no está en la ciencia, sino en la política. Mantener este impulso global requerirá acuerdos firmes y continuidad. El Sol ya ganó la batalla económica; ahora queda aprender a convivir con su dominio.