Imagina poder asomarte a los primeros instantes del universo, cuando apenas empezaba a encenderse. Eso es lo que acaba de lograr un equipo internacional de astrónomos al descubrir 31 de los cuásares más antiguos jamás observados, auténticos faros que brillaban en la madrugada del cosmos.
Los cuásares son de los objetos más brillantes y violentos que existen, alimentados por agujeros negros supermasivos que devoran materia en el corazón de las galaxias. Su luz descomunal permite verlos a distancias enormes, y por tanto, mirando muy atrás en el tiempo.
El hallazgo, publicado en la revista Astronomy & Astrophysics, es un salto importante para entender el universo primitivo. Dos de esos cuásares son los más antiguos vistos hasta hoy, y ya irradiaban la luz de un billón de soles cuando el cosmos tenía solo 670 millones de años, menos del 5% de su edad actual.
Brillantes, pero casi imposibles de cazar
Encontrar estos objetos es una pesadilla técnica, y por eso llevaban décadas escapándose. Los cuásares tan antiguos son rarísimos, porque pocas galaxias habían crecido lo suficiente para generar uno, y su luz llega tan débil que se confunde fácilmente con la de estrellas mucho más cercanas a nosotros.
A eso se suma un problema añadido. La expansión del universo estira su luz hacia el infrarrojo, justo el rango donde la atmósfera de la Tierra brilla y enmascara esas señales tenues. Por cada cuásar primitivo real existen miles de estrellas que se ven casi idénticas en las imágenes, así que distinguirlos desde el suelo es prácticamente imposible.
La solución llegó desde el espacio. En 2023, la Agencia Espacial Europea lanzó el telescopio Euclid, que observa el cielo lejos de esa bruma infrarroja terrestre y barre áreas enormes con gran profundidad. Gracias a él se han cazado de golpe estos 31 cuásares, dentro de un sondeo que cubrirá más de un tercio de todo el cielo.
Un misterio que se hace más profundo
De los 31 nuevos cuásares, catorce están a un desplazamiento al rojo de 7 o más, la medida que usan los astrónomos para calcular distancia y edad. Los dos más antiguos baten el récord, surgidos en los primeros 670 millones de años del universo y situados a más de 13.000 millones de años luz de distancia.
Pero cada récord, en lugar de cerrar el caso, lo complica. Estos cuásares esconden agujeros negros con cientos de millones, e incluso miles de millones, de veces la masa del Sol, ya formados cuando el universo apenas empezaba. Y nadie entiende bien cómo pudieron crecer tanto y tan rápido, algo que el modelo estándar no logra explicar.
El hallazgo nos lleva además a una época fascinante, la llamada reionización, cuando las primeras estrellas y galaxias disiparon la niebla oscura de hidrógeno que llenaba el cosmos. Fue la era que sentó las bases de todo lo que vemos hoy, y estos faros lejanos son testigos directos de aquel amanecer.
La carrera por llegar aún más atrás
El ritmo del descubrimiento da idea del cambio de era. Encontrar los diez primeros cuásares de esta antigüedad costó más de una década, pero Euclid ha hallado muchos más en apenas un año, duplicando con creces el número conocido. Buena parte del trabajo se apoya además en algoritmos de aprendizaje automático capaces de rastrear decenas de millones de fuentes y separar los cuásares reales de los impostores.
El equipo ya tiene la mirada puesta más lejos, en hallar el primer cuásar a un desplazamiento al rojo superior a 8, lo que lo situaría en los primeros 630 millones de años del universo. Y el descubrimiento es solo el principio, porque el telescopio James Webb estudiará en detalle muchos de ellos para pesar sus agujeros negros y reconstruir cómo fue aquella reionización.