Cada cierto tiempo, un objeto helado formado en torno a otra estrella entra en el Sistema Solar. El más reciente es 3I/ATLAS, el objeto interestelar más brillante observado hasta la fecha, y ese brillo ha permitido un análisis que antes no era posible.
Un equipo europeo ha usado el Very Large Telescope del ESO, en Chile, para medir su composición con un nivel de detalle poco habitual. Lo publican en Nature Astronomy y la conclusión es relevante, porque el cometa se formó probablemente junto a una estrella mucho más antigua que el Sol.
No se trata de un objeto corriente. Es apenas el tercer visitante interestelar conocido, tras 1I/ʻOumuamua y 2I/Borisov, y el primero cuya composición química se ha podido determinar con esta precisión, ya que los dos anteriores resultaron demasiado débiles para lograrlo.
Una huella química difícil de medir hasta ahora
La clave está en los isótopos, las distintas variantes de un mismo elemento. El equipo midió las proporciones de carbono y nitrógeno en el cianuro del gas que rodea al cometa, un dato que actúa como una firma de origen, porque depende del entorno donde se formó y apenas cambia durante el trayecto.
Ahí está el resultado más destacado. A diferencia de los cometas del Sistema Solar, este objeto muestra proporciones de carbono y nitrógeno inusualmente altas, una señal de que se formó en un lugar y un tiempo distintos a los que dieron origen a nuestro sistema.
Formado junto a una estrella vieja y pobre en metales
Esa firma apunta a que 3I/ATLAS se formó en las regiones exteriores de una estrella de baja metalicidad, es decir, con pocos elementos más pesados que el helio. Ese tipo de estrellas surgió cuando el Universo era joven y químicamente más pobre, de modo que el cometa conservaría el rastro de aquella época.
La estimación no se apoya en un solo trabajo. Otras mediciones recientes con el telescopio James Webb y con el conjunto de antenas ALMA hallaron indicios coherentes, como niveles altos de hidrógeno pesado, y el conjunto de resultados apunta a que este cometa supera con creces el doble de la edad del Sol.
Lo que aún no se sabe
Conviene tomarlo con la cautela que piden los propios autores. No es una datación directa, sino una edad deducida a partir de esas huellas químicas, y el estudio de objetos interestelares es todavía tan reciente que cada nuevo hallazgo suele obligar a revisar lo anterior.
El cometa se aleja y pierde brillo, y con ello concluyen estas observaciones, pero el futuro telescopio ELT del ESO permitirá repetir el análisis con objetos aún más débiles. Cada uno de ellos aporta información sobre la composición de otro sistema planetario distinto al nuestro.