Durante siglos, el Mar Caspio fue un ecosistema abundante que albergaba a flamencos, esturiones y decenas de miles de focas, además de comunidades humanas que dependían de sus humedales y aguas ricas en nutrientes. Hoy, en su costa norte, esos paisajes se transforman en extensiones áridas: el agua retrocedió más de cincuenta kilómetros y los antiguos puertos pesqueros quedaron tierra adentro.
El retroceso se ha acelerado a niveles inéditos. Desde inicios de este siglo pierde unos seis centímetros por año, pero a partir de 2020 la caída trepó a treinta centímetros anuales, un ritmo que coloca al mayor lago cerrado del planeta en una situación crítica y sin precedentes en la historia reciente.
Impacto en ecosistemas y comunidades
El profesor Simón Goodman, de la Universidad de Leeds y asesor del PNUMA, ha seguido de cerca esta transformación durante más de veinte años. A comienzos de los 2000, el noreste del mar era un mosaico de juncales y canales rebosantes de vida, mientras que ahora se ha convertido en un terreno árido y sin fauna.
Las consecuencias para la biodiversidad son dramáticas. La foca del Caspio, en peligro de extinción, perdería hasta el 81% de sus zonas de cría, y los esturiones ven bloqueados sus recorridos hacia áreas de desove, con lo cual se erosiona también una industria tradicional como la del caviar.
La desaparición de humedales interrumpe la llegada de aves migratorias y reduce la capacidad de amortiguación frente a sequías o tormentas, debilitando ecosistemas completos que antes ofrecían alimento y refugio a miles de especies.
En Kazajistán, sobre todo en la región de Atyrau, el mar se retiró entre veinte y treinta kilómetros, dejando comunidades aisladas, barcos varados en tierra y una economía local dependiente de la pesca cada vez más golpeada.
Consecuencias sociales y económicas
Alrededor de quince millones de personas dependen del Caspio para su subsistencia. El retroceso amenaza la seguridad alimentaria, encarece el transporte y pone en duda la viabilidad de muchas ciudades costeras que hoy se enfrentan a la pérdida de empleo y al deterioro de servicios básicos.
Puertos como Aktau, en Kazajistán, y Bakú, en Azerbaiyán, necesitan dragados permanentes para mantenerse operativos, mientras que las compañías petroleras y gasíferas invierten miles de millones en excavar canales cada vez más largos para acceder a las plataformas marinas.
El retroceso también golpea al corredor comercial que conecta China con Europa a través del Caspio, encareciendo la logística y debilitando la posición geopolítica de los países ribereños, que ven cómo una crisis ambiental se convierte en una amenaza estratégica de primer orden.