En lo más profundo del planeta, a casi 2900 kilómetros bajo nuestros pies, se esconden dos estructuras gigantes que llevan décadas desconcertando a los científicos. Ahora, un estudio reciente ofrece una explicación que cambia lo que creíamos saber sobre el interior de la Tierra.
Estas masas, llamadas grandes provincias de baja velocidad de corte y zonas de velocidad ultrabaja, alteran la forma en que viajan las ondas sísmicas. Su composición anómala y su tamaño, comparable al de continentes enteros, las convierten en un rompecabezas geológico.
Los investigadores plantean que estas estructuras serían restos del océano global de magma que recubrió la Tierra primitiva, un periodo en el que el planeta era una esfera incandescente aún en formación.
Según el estudio, parte del material del núcleo caliente y metálico habría migrado hacia el manto en aquellos primeros miles de millones de años. Esa mezcla impidió que el manto se separara en capas definidas y modificó para siempre su química.
El resultado es lo que vemos hoy: acumulaciones irregulares de roca densa y caliente que conservan una especie de huella química del pasado más remoto del planeta.
Comprender estas anomalías no es un detalle menor. La interacción entre el núcleo y el manto pudo influir en la forma en que la Tierra se enfrió, en la actividad volcánica y en la composición de la atmósfera inicial.
Esos procesos, señalan los autores, podrían explicar por qué nuestro planeta logró retener agua líquida y desarrollar un clima estable, mientras que Venus y Marte siguieron caminos muy diferentes.
Los científicos creen también que estas estructuras profundas podrían alimentar puntos calientes como Hawái o Islandia, conectando las capas internas del planeta con fenómenos visibles en la superficie.
Aunque todavía quedan muchas preguntas abiertas, este trabajo aporta una pieza fundamental para reconstruir la historia temprana de la Tierra y entender qué la convirtió en un lugar capaz de albergar vida.