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Hallan en Escocia un hongo de más de 400 millones de años conservado en una planta fósil

Un análisis con técnicas ópticas avanzadas permite distinguir estructuras fósiles de hongos y plantas mediante sus firmas de luz, revelando cómo funcionaban sus primeras simbiosis en la Tierra

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Representación artística de Aglaophyton majus
Recreación visual de la planta primitiva Aglaophyton majus. Crédito: Victor O. Leshyk.

Un equipo del Museo de Historia Natural y de la Universidad de Cambridge ha identificado un hongo simbiótico que vivió hace 407 millones de años y quedó atrapado dentro de una antigua planta terrestre. El hallazgo se hizo en el famoso sílex de Windyfield, uno de los depósitos fósiles más importantes del planeta.

El descubrimiento es llamativo porque muestra, con un nivel de detalle prácticamente imposible de obtener en fósiles tan antiguos, cómo las primeras plantas que colonizaron la tierra ya mantenían relaciones simbióticas con hongos. Este tipo de asociación se conoce como micorriza y hoy sigue siendo clave para la nutrición de las plantas y la salud del suelo.

El hongo identificado, llamado Rugososporomyces lavoisierae, vivía dentro de la planta primitiva Aglaophyton majus, una especie sin raíces que dominaba los paisajes húmedos del Devónico. Hasta ahora, solo se conocía un hongo capaz de vivir en esta planta. Este sería el segundo, lo que demuestra que estas relaciones eran más comunes de lo que se pensaba.

Lo que permitió ver el hongo dentro del fósil fueron técnicas de imagen avanzadas, como la microscopía confocal y la llamada FLIM, que analiza el tiempo de vida de la fluorescencia. Estas técnicas distinguen estructuras fósiles según la manera en que reflejan la luz, una especie de “huella óptica” que se mantiene incluso cuando ya no existe ADN ni material biológico reconocible.

Los investigadores explican que, gracias a estas tecnologías, pudieron reconstruir en tres dimensiones la estructura del hongo y observar sus arbúsculos, unas ramificaciones internas que confirman la relación simbiótica. No era un parásito: ayudaba a la planta a obtener minerales a cambio de azúcares.

Toda esta información aporta una prueba más de que las primeras plantas que pisaron tierra firme no lo hicieron solas, sino con la ayuda de los hongos. Según los expertos, estas asociaciones pudieron ser decisivas para que la vegetación pudiese expandirse fuera del agua y colonizar nuevos ambientes.

El estudio también destaca que esta combinación de técnicas ópticas podría transformar la forma en que se identifican fósiles microscópicos. Al analizar sus “firmas de luz”, se podrían distinguir organismos antiguos que hoy pasan inadvertidos porque sus restos están demasiado alterados.

El trabajo fue publicado en la revista New Phytologist, y contó con la participación de especialistas del Museo Nacional de Escocia, el Museo de Historia Natural de París, el Centro de Microscopía del Laboratorio Sainsbury y el Centro de Grafeno de Cambridge. Para los investigadores, este es solo el comienzo: el método podría revelar nuevas formas de vida microscópica en otros fósiles del mismo yacimiento.

Fuente: Sainsbury Laboratory Cambridge University

Preguntas frecuentes

¿Qué se descubrió en el fósil de Windyfield, Escocia?

Se halló un hongo simbiótico de 407 millones de años, llamado Rugososporomyces lavoisierae, conservado dentro de una planta primitiva del Devónico llamada Aglaophyton majus.

¿Por qué es importante este hallazgo?

Porque demuestra que las primeras plantas terrestres ya dependían de hongos para sobrevivir, formando micorrizas similares a las actuales, lo que facilitó su expansión fuera del agua.

¿Cómo se logró identificar el hongo dentro del fósil?

Mediante técnicas ópticas avanzadas como la microscopía confocal y la FLIM, que analizan cómo los fósiles reflejan la luz y permiten distinguir estructuras vegetales y fúngicas en tres dimensiones.

¿Qué implicaciones tiene este estudio para la paleobotánica?

Abre nuevas posibilidades para detectar microorganismos antiguos en fósiles muy degradados, gracias al análisis de sus “firmas de luz”, lo que podría revelar más ejemplos de vida microscópica temprana.

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