Burbujas volcánicas revelan cómo cambiarán los arrecifes de coral en un océano más ácido
Un “laboratorio natural” en Papúa Nueva Guinea adelanta cómo la acidificación transformará los arrecifes de coral hacia finales de siglo
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
5 min lectura
Los arrecifes de coral son uno de los ecosistemas más valiosos del planeta, pero también de los más frágiles. Además del calentamiento global, hay otra amenaza silenciosa que avanza sin hacer ruido: la acidificación del océano. A medida que el mar absorbe dióxido de carbono (CO₂) de la atmósfera, cambia su química y se vuelve más agresivo con todo aquello que está hecho de caliza, como los esqueletos de los corales.
Un equipo internacional, liderado por el Instituto Australiano de Ciencias Marinas (AIMS), ha aprovechado un escenario muy poco habitual para saber qué podría ocurrir con los arrecifes hacia el año 2100: filtraciones naturales de CO₂ en Papúa Nueva Guinea, donde burbujas volcánicas emergen del fondo marino y crean un anticipo del océano del futuro.
Estos “laboratorios naturales” permiten observar cómo cambia un arrecife completo cuando vive, generación tras generación, en agua más ácida. No se trata de unos pocos corales en un acuario, sino de comunidades enteras sometidas durante años a niveles elevados de CO₂.
Hoy el océano sigue siendo ligeramente alcalino (pH ~8,0), pero su acidez ya ha aumentado en torno a un 30 % respecto a la era preindustrial. Si las emisiones continúan, se espera que el pH pueda descender hasta alrededor de 7,8 a finales de siglo. Puede parecer un cambio pequeño, pero para organismos que dependen del carbonato de calcio es una diferencia enorme.
En la bahía de Milne, al este de Papúa Nueva Guinea, burbujas de gas salen de grietas del fondo marino junto a arrecifes de coral aparentemente normales. La investigadora Katharina Fabricius detectó estas filtraciones en el año 2000 y años después confirmó que el gas era casi CO₂ puro. El lugar se convirtió en una especie de máquina del tiempo: una ventana a la química del océano de las próximas décadas.
El equipo estudió organismos en 37 puntos a lo largo de un gradiente de unos 500 metros, pasando de aguas con condiciones actuales a zonas fuertemente enriquecidas en CO₂. Así pudieron observar cómo se transforman poco a poco las comunidades a medida que aumenta la acidez, sin necesidad de esperar a 2100.
Los resultados son claros: con cada incremento de CO₂, los arrecifes pierden complejidad. Hay menos corales constructores de estructura y más algas carnosas que ocupan el espacio y asfixian a las especies calcificadoras. También se observaron muchos menos corales bebés, lo que indica que la capacidad de recuperación se reduce: aunque un arrecife sufra un daño, le costará mucho más volver a crecer.
No hubo un colapso abrupto ni un punto de inflexión repentino. Lo que encontraron fue una transición gradual: a medida que el CO₂ aumentaba, las algas carnosas se volvían dominantes, desplazando tanto a los corales como a las algas coralinas que ayudan a cementar el arrecife. El resultado final es un ecosistema más simple, menos tridimensional y con menos refugios para peces e invertebrados.
Las implicaciones van más allá de la biodiversidad. Muchas comunidades costeras dependen de los peces que usan los arrecifes como guardería y fuente de alimento. Si los arrecifes se vuelven más pobres y menos capaces de recuperarse, se resiente también la pesca local, el turismo y la protección natural frente a oleajes y tormentas.
El estudio sugiere que, incluso si se cumplen objetivos como los del Acuerdo de París, los arrecifes del futuro serán diferentes a los actuales: más lentos para recuperarse tras un impacto, menos complejos en su arquitectura y más cubiertos por algas carnosas. Si las emisiones de CO₂ son aún mayores, estos cambios se acentuarán.
La investigación también recuerda que la acidificación no actúa sola. Se suma al calentamiento del agua, a las olas de calor marinas, al aumento del nivel del mar y a otros impactos locales como la contaminación o la sobrepesca. Todo junto empuja a los arrecifes a un escenario en el que cada vez les costará más seguir siendo el “bosque tropical” del océano.
A pesar de lo remotos que son estos arrecifes de Papúa Nueva Guinea, su mensaje es global. Lo que ocurre allí es una señal adelantada de lo que puede suceder en la Gran Barrera de Coral y en muchos otros arrecifes del mundo si las emisiones de CO₂ no disminuyen de forma rápida y sostenida.
En resumen, las burbujas volcánicas de CO₂ están contando una historia incómoda pero necesaria: cuanto más dióxido de carbono añadamos a la atmósfera, más simples, frágiles y dominados por algas se volverán los arrecifes de coral de los que dependen millones de personas.
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