Durante décadas, el Complejo de Rocas de Phosphoria, un gigantesco conjunto geológico que se extiende por cinco estados del oeste de EE. UU., ha sido famoso por sus depósitos de fosfato y capas de sílex difíciles de interpretar. Ahora, un nuevo estudio revisado por pares aclara el misterio y revela que este paisaje rocoso fue, hace casi 300 millones de años, el hogar de enormes praderas de esponjas marinas.
Este hallazgo cambia por completo la forma en que se entendía la cuenca. Los investigadores descubrieron que muchas estructuras de sílex cilíndrico, antes clasificadas como icnofósiles o formaciones inorgánicas, son en realidad los cuerpos fosilizados de estas esponjas. Estaban conservados in situ y distribuidos a lo largo de unos 600 kilómetros de costa del antiguo océano Pantalásico.
La investigación examina depósitos fósiles mal diagnosticados y demuestra que estas comunidades de esponjas no solo existieron ampliamente, sino que también dominaron la producción de sedimentos silíceos en la región. Ese aporte masivo de espículas —las pequeñas estructuras de sílice que forman el “esqueleto” de las esponjas— habría generado la enorme cantidad de sílex que hoy caracteriza a Phosphoria.
Los autores del estudio analizaron muestras de Nevada, Utah, Idaho, Wyoming y Montana. Allí identificaron cilindros verticales de sílex muy densos, de hasta 150 centímetros de altura, con núcleos repletos de espículas fracturadas. Según los científicos, la distribución y la orientación de estas estructuras solo se explican si proceden de esponjas que crecían parcialmente enterradas en el sedimento, un hábito conocido en especies modernas.
Lo más llamativo del trabajo es la escala. Interpolando la presencia de estos fósiles en decenas de localidades, los investigadores estiman que las antiguas praderas pudieron extenderse más de 630 kilómetros. Con densidades de hasta 100 esponjas por metro cuadrado —observadas en algunos afloramientos—, la cifra total se elevaría a miles de millones de organismos.
El estudio también aborda por qué estas esponjas se conservaron tan bien. La clave estaría en una combinación de baja energía hidrodinámica, suficiente oxigenación del fondo marino y una sedimentación que enterraba los cuerpos antes de que se desintegraran. Al descomponerse, las espículas liberaban sílice que se redistribuía y endurecía con patrones concéntricos característicos, formando el sílex actual.
Los autores remarcan que la presencia de esponjas no solo explica la abundancia de sílice, sino que también ayuda a resolver debates sobre la paleoceanografía de la cuenca. Durante ciertos periodos, las aguas profundas del área fueron disóxicas, lo que afectaba a qué organismos podían colonizar el fondo. Las esponjas prosperaron en franjas intermedias de la rampa marina, mientras que condiciones extremas en el centro de la cuenca impedían su desarrollo.
El hallazgo tiene implicaciones amplias. Sugiere que buena parte del sílex del Pérmico medio del oeste de Norteamérica proviene de ecosistemas biológicos enormes y hasta ahora no reconocidos. Además, demuestra que estructuras consideradas “misteriosas” durante décadas eran, en realidad, una gigantesca fábrica natural de vidrio creada por millones de esponjas.
Los resultados fueron publicados en PLOS ONE por un equipo de la Universidad Estatal de Idaho, la Universidad de Utah, la Boise State University y colaboradores. El estudio fue financiado por instituciones como la American Chemical Society, la Geological Society, la Paleontological Society y el Premio Geslin de Geociencias.
Fuente: PLOS One