América Latina y el Caribe generaron 161 TWh de electricidad en julio de 2025, un mes que expuso nuevamente la fragilidad de la matriz eléctrica regional. Aunque las renovables siguen siendo mayoría, su participación cayó al 65 %, uno de los valores más bajos del año reciente. La principal causa fue el descenso de la hidroelectricidad, que continúa siendo la base energética de la región.
La hidroelectricidad aportó el 45,7 % de la generación total, pero aun así registró una caída mensual significativa. Sequías en la Zona Andina y Centroamérica redujeron los caudales disponibles, lo que obligó a incrementar el uso de gas natural para cubrir la demanda. En tan solo un mes, el gas pasó del 23 % al 25 % de la matriz eléctrica regional.
Este comportamiento no es nuevo: la dependencia del agua vuelve extremadamente vulnerable a América Latina ante fenómenos climáticos como El Niño o periodos secos prolongados. Cuando el agua falta, el respaldo fósil entra en escena sin demora. Y ese patrón volvió a repetirse en julio.
Entre junio y julio, la región generó 7 TWh menos de energía renovable, mientras que la generación no renovable aumentó 9 TWh. La tendencia muestra que cuando la hidroelectricidad cae, la región no cuenta todavía con sistemas de almacenamiento o alternativas renovables capaces de compensar.
La vulnerabilidad también está ligada a la falta de integración regional. Países con excedentes hídricos, como Paraguay o Costa Rica, no pueden transferir energía a zonas con déficit, como México o Centroamérica, debido a la débil interconexión eléctrica. Esto fragmenta el mercado y limita la capacidad de reacción ante crisis climáticas.
La hidroelectricidad sigue siendo la reina del sistema, pero también su punto más débil. A nivel interanual, creció gracias a nuevas centrales en Brasil y Colombia, pero su variabilidad mensual continúa marcando el ritmo de toda la matriz. Cuando los ríos bajan, el gas sube. Y eso ocurrió nuevamente en julio de 2025.
Mientras tanto, la solar y la eólica siguen creciendo, pero demasiado lento para equilibrar la caída hidroeléctrica. Juntas representaron solo el 13,2 % de la generación del mes. La eólica avanzó ligeramente en el Cono Sur por vientos más fuertes, pero la solar retrocedió por la menor radiación invernal en el hemisferio sur.
Entre ambas tecnologías apenas suman el 16 % de la matriz, muy por debajo de los objetivos de transición que varios gobiernos fijaron para 2030. Y el motivo no es técnico: la región enfrenta cuellos de botella regulatorios, falta de líneas de transmisión y altos costos de financiamiento en monedas locales.
En Brasil, México y Argentina, la saturación de líneas ha frenado proyectos solares y eólicos que podrían haber reducido la dependencia del gas. En otros países, la burocracia ralentiza permisos que tardan más de dos años. Y sin inversiones masivas en transmisión y almacenamiento, las renovables no logran despegar al ritmo que la región necesita.
El gas natural sigue siendo el respaldo predilecto por su rapidez y disponibilidad. En julio, su participación aumentó en países de la región Andina y en México. Aunque emite menos que el carbón o el fuel-oil, su uso prolongado crea problemas: bloquea inversiones en almacenamiento renovable, expone a la región a mercados internacionales volátiles y crea dependencia de infraestructura térmica con larga vida útil.
Algunos gobiernos ya discuten cómo fijar límites. Chile impone fechas de retiro para plantas sin captura de CO₂ y Colombia exige comparar alternativas renovables antes de autorizar nuevas térmicas. Sin reglas claras, el gas pasará de ser un “puente” a convertirse en un freno para la transición energética.
Julio 2025 dejó claro que la región necesita más almacenamiento, más integración eléctrica y más diversificación renovable para enfrentar un clima cada vez más impredecible. Mientras dependa de la hidroelectricidad como columna central sin alternativas robustas, cada sequía seguirá moviendo la aguja hacia los fósiles.