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Rocas de 60 millones de años revelan cómo el fondo marino almacena enormes cantidades de CO₂

Las muestras extraídas del Atlántico Sur muestran que antiguas brechas de lava pueden almacenar CO₂ durante millones de años gracias a reacciones entre el agua de mar y la roca volcánica

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Núcleos de brecha de lava con carbonato de calcio blanco recuperados del sitio IODP U1557
Núcleos de brecha de lava con cementación de carbonato de calcio blanco obtenidos en el sitio IODP U1557. Crédito: IODP JRSO

Las nuevas perforaciones realizadas en el Atlántico Sur han permitido recuperar rocas de unos 60 millones de años que revelan un proceso clave en el ciclo del carbono de la Tierra. Los científicos descubrieron que enormes pilas de escombros volcánicos, conocidas como brechas de lava, funcionan como verdaderas esponjas geológicas capaces de almacenar grandes cantidades de dióxido de carbono durante escalas temporales muy largas.

Estas brechas se forman cuando las montañas submarinas se erosionan y liberan fragmentos de lava que se acumulan en las laderas del fondo marino. Con el paso de millones de años, estos materiales porosos quedan expuestos al flujo continuo de agua de mar, lo que permite que el CO₂ disuelto reaccione con la roca y quede atrapado en forma de minerales de carbonato de calcio.

La investigación, liderada por la Universidad de Southampton, es la primera que documenta de forma directa cómo estos escombros volcánicos acumulan cantidades de CO₂ muy superiores a las observadas en lavas no erosionadas. Según la autora principal, la Dra. Rosalind Coggon, algunas muestras contenían entre dos y cuarenta veces más carbono que las lavas analizadas previamente, una diferencia que cambia la comprensión del papel de estas estructuras en el sistema climático terrestre.

Los núcleos perforados en el sitio IODP U1557 muestran que estas rocas no solo son porosas, sino también altamente permeables. Esto permite que el agua de mar circule a través de ellas durante miles o millones de años, suministrando carbono continuamente. A medida que el agua fluye, los minerales formados actúan como un registro natural del carbono atrapado a lo largo del tiempo.

Este descubrimiento ayuda a explicar mejor cómo el océano y la corteza oceánica trabajan juntos en el ciclo del carbono a largo plazo. El CO₂ liberado por la actividad volcánica en las dorsales oceánicas no solo entra al océano; parte de él queda fijado nuevamente dentro de rocas volcánicas antiguas. El resultado es un sistema de ida y vuelta que regula la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera a lo largo de eras geológicas.

El estudio también ofrece una nueva perspectiva sobre la importancia de las montañas submarinas y sus laderas erosionadas. Aunque a simple vista parecen estructuras estáticas, su descomposición produce materiales capaces de atrapar carbono a escala planetaria. Este proceso ha operado en silencio durante decenas de millones de años, influyendo en el clima terrestre sin que fuera reconocido por la ciencia hasta ahora.

Los autores señalan que comprender cuánto CO₂ queda atrapado en estas rocas es esencial para estimar los balances globales de carbono del pasado. Esta información permitirá mejorar modelos climáticos y reconstrucciones del clima antiguo, algo fundamental para entender los cambios actuales.

Fuente: Nature Geoscience

Preguntas frecuentes

¿Qué descubrieron exactamente los científicos en las rocas de 60 millones de años?

Que las brechas de lava del Atlántico Sur almacenan CO₂ en cantidades muy superiores a las lavas intactas, actuando como esponjas minerales durante millones de años.

¿Cómo atrapan CO₂ estas brechas volcánicas?

El agua de mar circula por sus poros y el CO₂ disuelto reacciona con la roca, formando minerales carbonatados que fijan el carbono a largo plazo.

¿Por qué este hallazgo es importante para el ciclo del carbono?

Porque demuestra que las laderas erosionadas de montañas submarinas son un sumidero natural clave que regula el CO₂ atmosférico a escala geológica.

¿Qué implicaciones tiene para la ciencia del clima?

Ayuda a mejorar los modelos climáticos y las reconstrucciones del clima antiguo al mostrar cuánto carbono queda atrapado en la corteza oceánica.

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