Un pequeño anfibio conservado durante más de seis décadas en el Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano, en Washington, ha resultado ser mucho más que una pieza olvidada en una colección. El ejemplar, recolectado en 1963 en Curitiba (Brasil), pertenece a una especie de rana cohete que nunca había sido descrita por la ciencia.
El animal fue capturado por la herpetóloga estadounidense Doris M. Cochran durante una expedición junto a la entomóloga Doris H. Blake. Tras ser disecado y etiquetado, quedó guardado en los archivos del museo sin que nadie advirtiera su importancia. Solo ahora, gracias a una revisión detallada, se confirmó que se trata de una especie completamente nueva.
Los investigadores la han nombrado Dryadobates erythropus, una rana diminuta de unos 14 milímetros. Su tamaño reducido y el estado seco del ejemplar no impidieron identificar rasgos claros que la distinguen de otras especies del mismo género. Sin embargo, su hallazgo llega con una mala noticia: es muy probable que esté extinta en estado silvestre.
En la década de 1960, la zona de Tarumã —donde Cochran capturó la rana— era un paisaje abierto con humedales, cursos de agua y vegetación baja. Hoy, ese entorno natural ha sido reemplazado por barrios densamente urbanizados, centros comerciales y avenidas. Para los investigadores, esta transformación explica por qué nunca más se encontró otro ejemplar.
La confirmación del lugar exacto de recolecta fue posible gracias al diario de campo de Cochran, conservado en los archivos del Smithsoniano. Sus notas detallan que el ejemplar fue capturado en un “gran campo con hormigueros y arbustos mordidos por vacas”, un escenario que contrasta completamente con la Curitiba actual. Esta información también permitió descartar confusiones con muestras que la científica había recogido previamente en Río de Janeiro.
El equipo intentó extraer ADN del ejemplar para aplicar técnicas de análisis genético, pero el material estaba extremadamente degradado. La rana no fue preservada en alcohol desde el principio, lo que aceleró la descomposición del ADN y dejó solo rastros contaminados por bacterias y manipulación humana. Aun así, los rasgos físicos fueron suficientes para confirmar que se trataba de una especie inédita.
El hallazgo también refuerza el valor de los museos como guardianes de la biodiversidad. Muchas especies que ya no existen o que nunca fueron registradas en vida sobreviven únicamente en colecciones antiguas. Para los investigadores, este caso demuestra que las revisiones periódicas de ejemplares históricos son esenciales para entender cómo ha cambiado la fauna a lo largo del tiempo.
Además, el estudio subraya la rapidez con la que los ecosistemas pueden desaparecer en zonas urbanizadas. En solo unas décadas, un hábitat capaz de sostener especies únicas puede desaparecer sin dejar rastro, haciendo imposible cualquier esfuerzo de conservación.
Los científicos también destacan el papel de Cochran y Blake, dos investigadoras que recorrieron Brasil en una época en la que pocas mujeres participaban en expediciones científicas. Sin sus notas y su trabajo meticuloso, este pequeño anfibio habría pasado desapercibido para siempre.
Fuente: Agência FAPESP