Las erupciones volcánicas explosivas suelen asociarse a grandes cantidades de gas atrapado dentro del magma. Cuando ese gas escapa de golpe, el volcán detona con fuerza. Sin embargo, no todos los volcanes con magma rico en gas estallan de manera violenta. Algunos, inesperadamente, liberan lava con bastante suavidad. Un nuevo estudio ofrece una explicación que ayuda a resolver este viejo misterio.
El trabajo, realizado por un equipo internacional en el que participa la ETH de Zúrich, muestra que las burbujas de gas no solo aparecen cuando el magma asciende y la presión disminuye, sino también cuando el magma se “deforma” en su recorrido hacia la superficie. Este movimiento, llamado cizalladura, funciona como un amasado constante que provoca la formación de burbujas incluso en profundidad.
Ese proceso cambia por completo la imagen clásica del ascenso del magma. En lugar de depender únicamente de la caída de presión, el magma puede empezar a generar burbujas mucho antes, mientras se mueve por las paredes del conducto volcánico. Al formarse estas burbujas de forma temprana, el gas encuentra rutas de escape y se libera poco a poco, reduciendo la presión interior.
Cuando esto ocurre, el volcán pierde parte del potencial explosivo que se esperaba. De hecho, los investigadores señalan que muchos volcanes con lava viscosa, que deberían explotar con fuerza, terminan emitiendo flujos lentos y estables porque el gas ya ha salido por esos canales creados en profundidad.
Un ejemplo clásico es el Monte Santa Helena. A pesar de contener magma muy rico en gas, parte de su actividad inicial fue sorprendentemente tranquila. El estudio sugiere que las fuertes fuerzas de cizalladura dentro del volcán facilitaron la liberación temprana del gas, lo que retrasó la explosión hasta que un deslizamiento de tierra abrió el conducto y provocó una caída brusca de presión.
Para comprobar estos mecanismos, el equipo realizó experimentos de laboratorio usando un líquido viscoso saturado de gas. Cuando se aplicaba cizalladura, el líquido empezaba a generar burbujas de forma repentina, imitando lo que ocurre en el interior de un volcán. Las simulaciones confirmaron que este efecto es especialmente fuerte cerca de las paredes del conducto, donde el roce es mayor.
El estudio también muestra que las burbujas ya presentes en el magma ayudan a que se formen otras nuevas, lo que acelera la creación de canales de desgasificación. Es un proceso en cadena que reduce el riesgo de una explosión súbita y favorece un comportamiento más estable.
Los autores subrayan que incluir la cizalladura en los modelos volcánicos podría mejorar las predicciones sobre el tipo de erupción. No todos los volcanes explosivos están destinados a estallar con violencia; algunos pueden liberar presión con antelación gracias a este mecanismo oculto. Comprenderlo mejor podría ayudar a evaluar riesgos con mayor precisión.
Fuente: ETH Zurich