El crecimiento de los centros de datos dedicados a la inteligencia artificial está generando un debate urgente: ¿qué parte de esa expansión podrá alimentarse realmente con energía renovable? La pregunta surge en un momento en el que estas infraestructuras están absorbiendo inversiones gigantescas y una cantidad de electricidad que empieza a preocupar incluso a los expertos en sistemas energéticos.
Un nuevo informe de la Agencia Internacional de Energía revela que este año se gastarán unos 580.000 millones de dólares en centros de datos, superando por primera vez la cantidad invertida en la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo. La comparación ayuda a entender el cambio de prioridades económicas y también la inquietud climática que rodea a la IA generativa, capaz de aumentar de manera significativa la demanda eléctrica mundial.
En un reciente episodio del podcast Equity de TechCrunch, los analistas comentaron que, aunque el consumo energético será enorme, parte de los nuevos proyectos podría depender de energía solar. Para algunas empresas tecnológicas, construir paneles solares propios es más rápido, barato y sencillo que solicitar grandes ampliaciones de capacidad a la red pública, ya saturada en muchos países.
En paralelo, las cifras de inversión son cada vez más altas. OpenAI asegura estar comprometida con un plan de centros de datos valorado en 1,4 billones de dólares. Meta apunta a 600.000 millones y Anthropic ha presentado un proyecto de 50.000 millones. Aunque impresionantes, estas cifras también plantean dudas sobre cómo se financiarán realmente estas infraestructuras y sobre el papel que deberá asumir el sector público.
Una de las ideas que destacó el equipo es que muchas empresas ya están recurriendo a renovables no por obligación ambiental, sino porque reduce trámites y costes. En algunos casos, instalar paneles solares junto a los centros de datos es más práctico que depender exclusivamente de la red. Este enfoque podría abrir nuevas oportunidades para startups y compañías que trabajan en tecnologías de energía limpia o diseños más eficientes de centros de datos.
El informe también señala que gran parte de la demanda eléctrica provendrá de Estados Unidos, mientras que China y Europa absorberán buena parte del resto. Además, muchos de los nuevos centros se están levantando cerca de ciudades medianas, lo que complica aún más las conexiones y la infraestructura necesaria para sostenerlos.
Otro elemento interesante es la aparición de empresas como Redwood Energy, una nueva división de Redwood Materials, que busca reutilizar baterías de vehículos eléctricos para crear microrredes capaces de alimentar centros de datos. Este tipo de soluciones podría aliviar los problemas que ya enfrentan regiones como Texas, donde los cortes de luz son frecuentes en verano debido a la saturación de la red.
A largo plazo, el crecimiento de estas instalaciones transformará también los espacios físicos. Incluso cuando no se construyen dentro de las ciudades, su tamaño, su necesidad de conectividad y sus requisitos energéticos modificarán el paisaje y obligarán a replantear la planificación territorial.
Queda además la pregunta de cuántos de los centros de datos previstos llegarán a construirse. Algunos planes se basan en una financiación extremadamente ambiciosa y podrían depender de créditos fiscales, subvenciones públicas o cambios regulatorios. La controversia reciente sobre la solicitud de OpenAI para ampliar los beneficios fiscales bajo la Ley CHIPS refleja bien ese escenario.
Aunque el debate sigue abierto, algo está claro: el auge de los centros de datos impulsados por IA será una de las fuerzas que más presionarán las redes eléctricas en los próximos años. Y la capacidad de las energías renovables para acompañar ese crecimiento será un factor clave para que el avance tecnológico no choque con sus propios límites.