La gran extinción del Cretácico, ocurrida hace 66 millones de años, eliminó a más de la mitad de las especies marinas y a los dinosaurios terrestres. Tradicionalmente se pensó que este evento marcó el comienzo de una nueva era ecológica, creando ecosistemas marinos totalmente diferentes.
Sin embargo, un estudio reciente liderado por Stewart M. Edie y publicado en *Science Advances* revela que, si bien la extinción provocó profundos cambios, no originó la estructura funcional de la fauna marina actual. La investigación se centró en los bivalvos, un grupo de moluscos esenciales en el equilibrio de los ecosistemas oceánicos, utilizando un análisis exhaustivo de fósiles para entender cómo evolucionaron tras el evento.
Los investigadores hallaron que, aunque aproximadamente el 60% de los géneros marinos y un 20% de las familias desaparecieron, la diversidad funcional solo se redujo en un 5%. Es decir, la mayoría de los roles ecológicos esenciales se mantuvieron a pesar de la gran pérdida de especies. Este hallazgo desafía la idea de que una extinción masiva reinventa completamente los ecosistemas.
El estudio también mostró que los linajes que sobrevivieron a la crisis y los que aparecieron después rara vez lograron desplazar a los grupos dominantes previos. Muchas funciones ecológicas que existen hoy en los océanos surgieron mucho antes del Cretácico y han persistido gracias a la resiliencia de los clados sobrevivientes.
Los autores explican que la fauna marina moderna es el resultado de una compleja combinación entre la herencia evolutiva y una reorganización gradual, más que de un reinicio abrupto tras la extinción. Por ello, la composición actual de los océanos refleja una “memoria evolutiva” de los ecosistemas mesozoicos, donde algunas funciones se mantuvieron estables durante millones de años.
Esta resistencia funcional se debió, en parte, a que los bivalvos y otros grupos marinos clave conservaron formas de vida adaptables y estrategias exitosas, permitiéndoles resistir el colapso ecológico y prosperar cuando las condiciones volvieron a ser favorables. A pesar de la magnitud del evento, las funciones ecológicas básicas se conservaron, aunque con una reorganización de los linajes.
El trabajo también subraya que la diversificación y la recuperación posteriores no siempre implican la creación de nuevos roles ecológicos, sino la expansión o especialización de funciones ya existentes. La innovación biológica tras una extinción masiva parece estar limitada por las “reglas” evolutivas heredadas y las posibilidades de los clados supervivientes.
Comprender estos procesos es fundamental para interpretar la historia de la vida y para prever cómo responderán los ecosistemas actuales a crisis ambientales. El estudio advierte que, aunque la vida es resistente y puede reorganizarse después de una catástrofe, la recuperación de la biodiversidad y las funciones ecológicas puede tomar millones de años, y no siempre conduce a sistemas radicalmente nuevos.
La investigación aporta una lección de humildad ante el ritmo y la escala de los cambios que afectan hoy a la biodiversidad marina, recordando que las extinciones del pasado reestructuraron la vida, pero no siempre la reinventaron. Cuidar la diversidad actual es esencial, ya que su pérdida podría tener efectos irreversibles a largo plazo.
El trabajo de Edie y su equipo ayuda a desmitificar la relación entre extinción y novedad ecológica, mostrando que los grandes eventos del pasado dejaron huellas profundas, pero también conservaron una sorprendente continuidad en la funcionalidad de los océanos a lo largo del tiempo.
Fuente: Science Advances