Un equipo internacional de investigadores propone crear un fondo de 14.000 millones de dólares para proteger y restaurar los bosques de algas marinas. La iniciativa, impulsada por especialistas de la Universidad de Nueva Gales del Sur y la Kelp Forest Alliance, busca dar a estos ecosistemas la relevancia presupuestaria que ya tienen manglares y arrecifes.
El plan fija un horizonte claro, proteger tres millones de hectáreas y restaurar un millón adicional de bosques de kelp de aquí a 2040. No es solo una cifra; es una hoja de ruta que permitiría coordinar gobiernos, filantropía y sector privado en medidas medibles y comparables entre países.
Los bosques de algas bordean cerca de un tercio de las costas del planeta y sostienen pesquerías, amortiguan oleajes y almacenan carbono. Su aporte económico y ecológico es enorme, pero rara vez aparece en los presupuestos nacionales con el peso que sí tienen otros hábitats costeros más visibles.
En las últimas décadas, hasta un 60% de estos bosques habría sufrido retrocesos locales por el calentamiento del océano, la contaminación y el sobrepastoreo de erizos. La propuesta busca invertir esa tendencia con restauración activa, control de herbívoros, mejoras de calidad del agua y áreas protegidas bien gestionadas.
El objetivo financiero surge de consultas con expertos y del análisis de costes de proyectos marinos, comparando con programas globales en manglares y corales. La cifra se plantea como “ambiciosa pero alcanzable”, diseñada para atraer capital público-privado y acelerar soluciones con resultados verificables.
Los autores insisten en que fijar un número desbloquea la acción, permite planificar, evaluar avances y exigir rendición de cuentas. También ayuda a alinear esfuerzos con la agenda “Ocean Breakthrough” de los Campeones del Clima de la ONU, que empuja inversiones masivas en soluciones oceánicas para el clima y la biodiversidad.
De materializarse, el fondo daría oxígeno a comunidades costeras desde Tasmania hasta California y Noruega, más empleo ligado a restauración, pesquerías más estables, costas menos vulnerables y un aporte real al carbono azul. En definitiva, un rescate silencioso para un bosque que casi nadie ve, pero del que muchos dependen.