El bambú, las palmeras y los plátanos no son árboles en el sentido tradicional, pero su estructura los hace parecerlo. Ahora, un equipo de la Universidad de Nueva York propone una nueva categoría, los “árboles herbáceos”, una familia de plantas que crecen rápido, almacenan carbono y se regeneran con facilidad, lo que las convierte en una herramienta natural para enfrentar el cambio climático.
El estudio, publicado en la revista Trends in Ecology and Evolution, describe a estas especies como una combinación única entre el porte de un árbol y la flexibilidad de las gramíneas. Su rápido crecimiento y capacidad de recuperación después de incendios o tormentas les otorgan una ventaja en regiones tropicales donde los ecosistemas se enfrentan a fenómenos cada vez más extremos.
A diferencia de los árboles tradicionales, los tallos de estas plantas no se ensanchan con el tiempo. Su energía se destina a crecer hacia arriba, lo que les permite capturar carbono con gran velocidad. Además, pueden volver a brotar tras cortes o daños, un rasgo que las hace especialmente valiosas en tareas de reforestación o restauración de suelos degradados.
Según los investigadores, los árboles herbáceos representan un punto intermedio entre los bosques y los pastizales, almacenan más carbono que la hierba, pero son más productivos y resistentes que los árboles. Esa combinación podría ser decisiva para restaurar ecosistemas tropicales y reducir la presión sobre los bosques primarios.
“El bambú y las palmeras ya cumplen funciones vitales en la vida cotidiana de millones de personas, desde la producción de materiales sostenibles hasta la generación de energía verde”, explica Aiyu Zheng, autor principal del estudio. “Reconocerlos formalmente como árboles herbáceos ayuda a dimensionar su verdadero papel ecológico y económico”.
El equipo de la Universidad de Nueva York comparó datos de 12 tipos de ecosistemas, incluyendo bosques, sabanas y cultivos tropicales. Los resultados mostraron que los sistemas dominados por árboles herbáceos son especialmente eficientes en capturar carbono y mantener la productividad incluso en suelos pobres o en condiciones de sequía.
Además de su aporte ambiental, estas especies ofrecen un beneficio directo a las comunidades locales. El bambú, por ejemplo, puede utilizarse para fabricar plásticos biodegradables, muebles o papel; la palma proporciona alimentos y aceites; y el plátano asegura sombra y sustento en zonas rurales de Asia, África y América Latina.
Los investigadores sugieren que, con políticas adecuadas, los árboles herbáceos podrían incorporarse a las estrategias globales de mitigación climática. Su manejo sostenible permitiría equilibrar la captura de carbono con la generación de ingresos, reduciendo la deforestación y fortaleciendo la resiliencia de las comunidades.