El huracán Melissa ha dejado una profunda marca en el Caribe. Convertido en una tormenta de categoría 5, con vientos sostenidos de hasta 295 km/h, es ya el ciclón más potente del Atlántico en lo que va de 2025. Su paso ha provocado inundaciones, deslizamientos de tierra y la pérdida de al menos 41 vidas en Haití, República Dominicana, Jamaica y Panamá.
Melissa se formó el 21 de octubre a partir de una onda tropical que cruzó el Atlántico desde África Occidental. Durante varios días se desplazó lentamente sobre aguas cálidas del Caribe, lo que favoreció su intensificación explosiva. En apenas 48 horas pasó de tormenta tropical a un huracán categoría 5, con una presión central de 892 milibares, comparable a eventos históricos como Wilma o Gilbert.
Las primeras lluvias afectaron a las Islas de Sotavento, donde se emitieron alertas amarillas en Martinica y Barbados. Sin embargo, el verdadero impacto comenzó cuando Melissa alcanzó las Antillas Mayores. En Jamaica, tocó tierra en la parroquia de Westmoreland, provocando cortes eléctricos que afectaron a más de medio millón de personas y dejando graves inundaciones en Montego Bay y Old Harbour.
En Haití y República Dominicana, el panorama fue aún más trágico. Las lluvias torrenciales desencadenaron deslaves y desbordamientos de ríos, destruyendo viviendas precarias en zonas rurales. Las autoridades haitianas confirmaron más de treinta fallecidos, la mayoría por inundaciones repentinas en Artibonite y Marigot. En República Dominicana, las lluvias dañaron carreteras, dejaron sin agua a cientos de miles de personas y provocaron evacuaciones masivas.
El huracán también tuvo efectos indirectos en Panamá, donde las intensas lluvias causaron deslizamientos de tierra y el desbordamiento de varios ríos. Tres personas perdieron la vida, entre ellas dos niñas arrastradas por una corriente en Ngäbe-Buglé. La magnitud de los daños llevó al gobierno panameño a declarar alerta nacional por lluvias prolongadas.
En Cuba, donde el sistema tocó tierra en la provincia de Santiago de Cuba el 28 de octubre, más de 700.000 personas fueron evacuadas de manera preventiva. El gobierno activó el plan de emergencia nacional, mientras brigadas eléctricas y militares trabajaban para proteger infraestructuras clave. Aun así, se reportaron inundaciones y desprendimientos de tierra en las zonas montañosas del oriente cubano.
Melissa se convirtió en el huracán más intenso registrado en el Caribe desde el paso de Gilbert en 1988. Las ráfagas de viento superaron los 380 km/h, una cifra que dejó sin palabras incluso a los meteorólogos del Centro Nacional de Huracanes (NHC), que calificaron el fenómeno como “un ejemplo extremo de rápida intensificación”.
La magnitud de los daños es enorme. En Jamaica, las autoridades reportaron más de 200.000 viviendas afectadas y cuantiosas pérdidas en el sector agrícola. En República Dominicana, más de 600.000 personas quedaron temporalmente sin agua potable y decenas de comunidades siguen incomunicadas. Equipos de rescate internacionales se han desplegado en las zonas más afectadas.
Mientras tanto, en Haití, la devastación ha reavivado el debate sobre la vulnerabilidad del país ante los fenómenos extremos. Las lluvias intensas, sumadas a la fragilidad de la infraestructura, agravan una crisis humanitaria que ya era severa. Organismos internacionales han advertido que la reconstrucción podría tardar meses, si no años.
Los expertos destacan que Melissa es otro ejemplo del aumento en la frecuencia y la intensidad de los huracanes del Atlántico. Las aguas cálidas del Caribe y la inestabilidad atmosférica favorecen ciclones más potentes, capaces de desarrollarse en cuestión de días. En 2025, la temporada ya acumula trece tormentas con nombre, un reflejo de un Atlántico inusualmente activo.
La respuesta regional ha sido rápida. Los gobiernos de Cuba, República Dominicana y Jamaica activaron sus planes de emergencia, mientras la Cruz Roja y la ONU coordinan la entrega de alimentos, refugios temporales y asistencia médica. En Estados Unidos, la Guardia Costera evacuó a su personal no esencial de la Base Naval de Guantánamo ante la aproximación del sistema.
A medida que Melissa avanza hacia el norte, en dirección a las Bahamas y Bermuda, se espera que pierda fuerza gradualmente. Sin embargo, su legado ya es claro: comunidades devastadas, sistemas de alerta puestos a prueba y un nuevo recordatorio de la vulnerabilidad del Caribe frente a la intensificación del clima global.
El huracán Melissa será recordado no solo por su fuerza, sino por el impacto humano y ambiental que deja tras de sí. Sus daños se medirán en cifras, pero también en memoria colectiva: un nuevo llamado a reforzar la prevención, la planificación y la adaptación frente a un clima que ya no ofrece treguas.