En diciembre de 2024 circuló en redes sociales la falsa noticia de que el agujero de ozono se había cerrado para siempre. Algunos mensajes incluso aseguraban que ya no existía y que se trataba de un invento para justificar políticas climáticas. La desinformación se viralizó rápidamente y fue usada como argumento para minimizar la crisis ambiental.
La confusión creció porque el agujero efectivamente tuvo un tamaño menor al de años anteriores. Sin embargo, científicos y organismos internacionales aclararon de inmediato que se trataba de un comportamiento cíclico y temporal, no de una desaparición definitiva.
La desinformación de 2024
Los mensajes más difundidos aseguraban frases como “el agujero de ozono ya no existe más” o “se cerró solo y no volverá a abrirse”. Estas publicaciones buscaban sembrar dudas sobre la ciencia climática, llegando incluso a calificar el tema como un supuesto fraude ambiental.
El problema es que este tipo de afirmaciones generan una sensación de falsa seguridad en la población y pueden frenar políticas de protección ambiental que han demostrado ser eficaces durante las últimas décadas.
La realidad científica
El agujero de ozono sigue existiendo y se comporta con un ciclo anual. Comienza a formarse en agosto, alcanza su tamaño máximo entre septiembre y octubre y se cierra naturalmente en diciembre. Durante los meses de enero a julio permanece cerrado.
“El agujero de ozono es un fenómeno cíclico anual que se repite cada año”, explicó Cindy Fernández, meteoróloga del Servicio Meteorológico Nacional de Argentina. Su explicación confirma que lo ocurrido en 2024 no representó un cierre definitivo, sino una variación dentro de la normalidad.
Lo particular de ese año fue que el agujero se formó más tarde de lo habitual, tuvo una extensión menor —alrededor de 22 millones de kilómetros cuadrados frente a los 25 millones registrados en 2022 y 2023— y se cerró antes de lo esperado, en la primera semana de diciembre.
Estos datos lo convirtieron en el séptimo agujero más pequeño desde 1992. Aunque las cifras fueron alentadoras, no significaron que el problema hubiera terminado, sino que las condiciones atmosféricas redujeron temporalmente su impacto.
El factor volcánico
La principal causa de este comportamiento atípico fue la erupción del volcán submarino Hunga Tonga-Hunga Ha’apai en enero de 2022. El evento inyectó millones de toneladas de vapor de agua en la estratósfera y alteró el balance químico y térmico de la atmósfera.
Ese exceso de humedad provocó un calentamiento estratosférico que limitó parcialmente la destrucción de ozono, lo que explica por qué en 2024 el agujero fue más pequeño y se cerró más temprano.
La recuperación real
Según los científicos, la capa de ozono se está recuperando de forma gradual gracias al Protocolo de Montreal de 1987, que eliminó la mayoría de los compuestos químicos responsables de su destrucción. Hoy se estima que más del 99% de esas sustancias ya no se producen ni se utilizan.
Aun así, la recuperación total no se espera hasta mediados del siglo XXI. Los estudios más recientes sitúan la fecha entre 2060 y 2070, con un horizonte probable en 2066. Hasta entonces, el agujero seguirá abriéndose cada año.
Por qué importa desmentirlo
La desinformación sobre el ozono puede generar la idea equivocada de que el problema está resuelto. Esto desincentiva la acción ambiental, debilita las políticas públicas y confunde a la población sobre los verdaderos avances alcanzados en las últimas décadas.
Lo cierto es que en agosto de 2025 el agujero volverá a abrirse, como lo ha hecho durante más de 40 años. La diferencia es que la tendencia a largo plazo es positiva y la recuperación avanza lentamente gracias al compromiso internacional.
La lección que deja este episodio es clara: la acción coordinada de los países puede revertir crisis globales, pero se necesita tiempo, constancia y vigilancia permanente para consolidar esos logros.