El permafrost, ese suelo congelado durante miles de años en regiones frías, almacena alrededor de un tercio del carbono orgánico del planeta. Su estabilidad ha sido vista durante décadas como una pieza clave para el equilibrio climático. Pero nuevas investigaciones confirman que un calentamiento global de 2 °C no tiene los mismos efectos en todos los ecosistemas de permafrost.
El análisis, publicado en Science Advances por un equipo del Instituto de Física Atmosférica de la Academia China de Ciencias, revela una paradoja, mientras que en el Ártico el calentamiento refuerza temporalmente la absorción de dióxido de carbono, en las regiones alpinas ese mismo aumento de temperatura debilita su papel como sumidero y acelera la liberación de gases de efecto invernadero.
Los investigadores integraron datos de más de mil sitios de observación en el hemisferio norte, con medidas sobre las emisiones de CO₂, metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O). La síntesis permitió observar diferencias regionales marcadas, determinadas sobre todo por la humedad del suelo y la vegetación disponible en cada tipo de permafrost.
En las zonas alpinas, caracterizadas por altitudes elevadas y suelos más secos, el calentamiento intensifica la pérdida de agua. Esto reduce la capacidad de las plantas para hacer fotosíntesis, lo que limita la absorción de carbono. Al mismo tiempo, la descomposición de la materia orgánica congelada libera más CO₂, debilitando el balance general.
El efecto combinado es preocupante, lo que antes funcionaba como un depósito estable de carbono pasa a comportarse como una fuente neta de gases de efecto invernadero. Para Bao Tao, primer autor del estudio, este comportamiento convierte a los ecosistemas alpinos en uno de los puntos más frágiles del planeta frente al cambio climático.
El escenario ártico es distinto. Allí los suelos, más húmedos y cubiertos de vegetación, tienden a retener agua subterránea cuando suben las temperaturas. Esa humedad adicional favorece la absorción de dióxido de carbono por parte de la biomasa, lo que en principio refuerza el papel de sumidero en la región más septentrional del planeta.
Sin embargo, este efecto positivo viene acompañado de un riesgo significativo, los suelos saturados de agua generan condiciones para la emisión de metano, un gas con un potencial de calentamiento mucho mayor que el CO₂. El deshielo podría liberar burbujas de CH₄ atrapadas durante siglos, lo que contrarrestaría los beneficios de la mayor absorción de carbono.
El estudio también se detuvo en un actor poco considerado, el óxido nitroso. Aunque sus emisiones son menores en cantidad, su impacto climático es desproporcionado. Los datos muestran que tanto en el Ártico como en las montañas el calentamiento estimula la liberación de N₂O, ya que el deshielo aporta nitrógeno al suelo que alimenta estas reacciones.
Xu Xiyan, coautor del trabajo, advierte que mantener el calentamiento por debajo de 2 °C es clave para evitar un desajuste irreversible entre el permafrost y el clima. Según afirma, el riesgo de una retroalimentación positiva generalizada no es uniforme, pero la vulnerabilidad de los ecosistemas alpinos obliga a actuar con urgencia.
Los resultados aportan datos esenciales para los modelos climáticos del IPCC, que hasta ahora consideraban al permafrost como una de las grandes incertidumbres del presupuesto global de carbono. La investigación confirma que no hay una única respuesta del suelo congelado al calentamiento y que, lejos de ser un bloque homogéneo, el permafrost responde de manera desigual y con consecuencias profundas para el futuro climático del planeta.