El hallazgo sorprende por el lugar y el tiempo. En la isla Devon, muy al norte de Canadá, apareció un rinoceronte que vivió hace unos 23 millones de años. No tenía cuerno y era más esbelto que los actuales. Su presencia apunta a un Ártico mucho más templado, con bosques y lagos capaces de sostener grandes mamíferos.
El esqueleto se recuperó en depósitos lacustres del cráter Haughton, un sitio que conservó plantas y animales con un detalle poco común. Cerca del 75% del animal está representado, incluidos dientes, mandíbulas y partes del cráneo. Para paleontología, un conjunto así es oro, permite comparar rasgos con precisión.
El equipo del Museo Canadiense de la Naturaleza lideró el estudio y encajó la nueva especie en el árbol familiar de los rinocerontes. La amplia comparación con decenas de parientes fósiles sugiere que estos animales pudieron cruzar entre continentes usando puentes terrestres del Atlántico Norte, mucho después de lo que se pensaba.
Ese posible corredor, entre Europa y Norteamérica, reabre preguntas sobre cómo se movieron los mamíferos cuando el clima lo permitía. No se trata solo de rinocerontes, si las rutas siguieron activas en el Mioceno, otras especies pudieron aprovecharlas, dejando señales dispersas en museos y yacimientos del hemisferio norte.
El fósil no habla solo de caminos; también cuenta un clima distinto. Las plantas fosilizadas del lugar describen un bosque templado, muy lejos del permafrost actual. Con esa vegetación, lagos y costas poco profundas, el Ártico fue más amable de lo que imaginamos, un refugio para fauna diversa.
El espécimen muestra un animal de talla moderada, comparable al rinoceronte indio, pero más ligero y sin cuerno. El desgaste de sus molares indica un adulto joven. Esos detalles ayudan a reconstruir su dieta y su vida cotidiana, hojas tiernas, brotes y plantas de ribera en un paisaje de aguas tranquilas.
La historia del hallazgo también es humana. Varias expediciones, a lo largo de décadas, fueron sumando piezas hasta armar el rompecabezas. Investigadoras como Mary Dawson y colegas del museo canadiense recorrieron el cráter Haughton con paciencia, recuperando huesos que el hielo y el deshielo iban aflorando.
El yacimiento ya era famoso por otros descubrimientos, como un ancestro transicional de las focas. Cada nueva especie aporta una pista más para entender cómo cambiaron mares y costas del norte. El rinoceronte añade una capa clave, grandes herbívoros también prosperaron en ese mosaico de lagos y bosques.
Para la ciencia, el valor es doble, un esqueleto excepcional y un contexto que obliga a actualizar mapas y cronologías. El Ártico no fue solo hielo eterno; fue escenario de migraciones y adaptaciones. Este rinoceronte, silencioso durante millones de años, vuelve ahora para contarlo.