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En un mundo donde los algoritmos definen la atención pública y la popularidad digital se confunde con autoridad moral, surge una pregunta urgente: ¿a quiénes estamos siguiendo y por qué? Las redes sociales han cambiado la forma en que elegimos nuestros modelos, pero ¿nos están inspirando realmente o solo nos están entreteniendo?
La popularidad ya no es sinónimo de mérito. Las redes sociales han democratizado la visibilidad, pero también han distorsionado el concepto de admiración. Hoy, un adolescente puede conocer más sobre los hábitos de un influencer viral que sobre los logros de un científico, un activista o un pensador. No se trata de nostalgia ni de menospreciar a quienes hacen carrera en el ámbito digital. El problema es que muchos de los rostros más visibles no ofrecen profundidad, ni responsabilidad, ni visión a largo plazo.
Según un estudio del Pew Research Center, más del 70 % de los adolescentes en Estados Unidos afirman que les gustaría ser “youtubers” o “tiktokers” cuando crezcan. Lo preocupante no es la elección profesional, sino el tipo de contenido que los impulsa, bromas, retos sin sentido, consumo ostentoso y discursos vacíos de compromiso. La influencia sin propósito es una oportunidad perdida.
En contraste, líderes que sí están transformando el mundo rara vez gozan del mismo protagonismo. Nombres como Malala Yousafzai, Jane Goodall o José Andrés (el chef que alimenta a miles en zonas de guerra) quedan relegados a menciones esporádicas, eclipsados por tendencias fugaces. Esto evidencia una brecha entre lo que necesitamos como sociedad y lo que el ecosistema digital nos ofrece por defecto.
La clave está en redefinir qué entendemos por referente. Un verdadero modelo no solo entretiene, sino que aporta, enseña, conmueve, moviliza. No es quien más seguidores tiene, sino quien más impacto real genera. Esto no excluye a los creadores de contenido; al contrario, muchos de ellos están empezando a asumir ese rol con conciencia, como lo demuestra el auge del contenido educativo, el activismo ambiental juvenil o la divulgación científica en TikTok y YouTube.
Lo que necesitamos es una nueva ética de la influencia. Un pacto tácito entre quien comunica y quien consume: contenido con propósito, audiencias más críticas, plataformas que premien el valor sobre la viralidad. Esto implica un cambio cultural profundo, que debe comenzar desde la educación, pero también desde las políticas tecnológicas y los medios tradicionales.
Si queremos una generación capaz de resolver los desafíos del siglo XXI —cambio climático, polarización social, desinformación, crisis de liderazgo— necesitamos más voces que inspiren con coherencia, y menos pantallas que solo entretengan. Porque en un mundo con exceso de información, el verdadero poder está en saber a quién escuchar.
La cultura de la fama digital no es en sí misma el problema, pero sí lo es su falta de profundidad. Como sociedad, debemos exigir más de quienes influyen en millones y, sobre todo, buscar referentes que no solo nos distraigan, sino que nos impulsen a ser mejores. Los modelos que realmente inspiran siguen ahí. Solo hay que volver a mirar en la dirección correcta.
Pueden influir en cómo piensan, actúan y sueñan. Todo depende del tipo de contenido, algunos inspiran, otros solo entretienen sin aportar valor.
No es malo. Lo importante es el propósito, crear contenido con sentido, no solo buscar fama rápida.
Sí. Personas como Malala Yousafzai o Jane Goodall siguen inspirando con hechos, no solo con visibilidad.
Valorando el contenido con propósito, siendo críticos como audiencia y apoyando voces que realmente suman.
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