Tras la guerra de 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania y Jerusalén Este, comenzaron a construirse los primeros asentamientos. Hoy, más de 500.000 colonos israelíes viven en la zona bajo protección militar y con acceso a infraestructuras exclusivas.
La expansión de asentamientos israelíes en Cisjordania se ha convertido en una política central del gobierno de Benjamin Netanyahu. El primer ministro declaró en septiembre que “nunca habrá un Estado palestino”, al firmar un plan que prevé miles de viviendas nuevas en Maale Adumim, el mayor asentamiento al este de Jerusalén.
Este proyecto, conocido como E1, busca conectar Maale Adumim con Jerusalén y al mismo tiempo cortar el acceso entre el norte y el sur de Cisjordania. La consecuencia inmediata sería dividir el territorio palestino en dos bloques, dificultando la viabilidad de un Estado contiguo.
Organizaciones de derechos humanos como B’Tselem y Peace Now advierten que este tipo de planes no son simples expansiones urbanísticas, sino medidas estratégicas destinadas a consolidar el control israelí sobre la región ocupada desde hace más de cinco décadas.
Comunidades palestinas atrapadas entre carreteras y barreras
La construcción de carreteras de circunvalación, muros de hormigón y puestos de control militares restringe la movilidad de millones de palestinos. Lo que para Israel son medidas de seguridad, para las comunidades locales son fronteras invisibles que aíslan pueblos enteros.
Un ejemplo es la aldea beduina de Jabal al-Baba, donde unas 2.500 personas temen ser desplazadas por el trazado de una carretera ligada al proyecto E1. “Si construyen esa carretera, nos separará completamente de Al-Eizariya”, explicó Mohammad al-Jahalin, residente de la comunidad.
Según la ONU, desde el 7 de octubre de 2023 el número de obstáculos al movimiento en Cisjordania pasó de 565 a 850, complicando aún más la vida diaria. En Ein Yabrud, por ejemplo, colonos del asentamiento de Ofra han impedido durante años que agricultores palestinos accedan a sus tierras.
Desigualdad en el acceso a los recursos
El control del agua es otro punto crítico. Mientras que un colono israelí consume en promedio más de 300 litros diarios, un palestino tiene acceso a unos 88, según la ONU. La Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 100 litros al día por persona para cubrir necesidades básicas.
Israel sostiene que sus políticas en Cisjordania son necesarias para la seguridad y también argumenta que la región, a la que llama Judea y Samaria, forma parte de su herencia histórica y bíblica. Estas justificaciones contrastan con la visión palestina y la mayoría de la comunidad internacional, que consideran la ocupación ilegal.
Israel controla el Acuífero de la Montaña y restringe el acceso palestino al río Jordán. Esto no solo afecta la vida cotidiana en los hogares, sino también la agricultura, limitando la capacidad de las comunidades para sostenerse económicamente.
Reacciones internacionales y el futuro de la solución de dos Estados
El 21 de septiembre, países como Australia, Reino Unido, Canadá y Portugal reconocieron formalmente al Estado palestino, uniéndose a la mayoría de los miembros de la ONU que ya lo han hecho. Netanyahu respondió que un Estado palestino es una amenaza para la seguridad de Israel.
El ministro de Exteriores palestino, Varsen Aghabekian Shahin, aseguró que el reconocimiento internacional es un paso irreversible hacia la independencia. Sin embargo, advirtió que la ocupación israelí y la fragmentación territorial amenazan con hacer imposible cualquier acuerdo real.
La Corte Internacional de Justicia, en un fallo emitido en julio, declaró ilegal la ocupación de los territorios palestinos y pidió la retirada rápida de los asentamientos. Israel, respaldado por Estados Unidos, ha ignorado estas resoluciones, mientras los colonos siguen creciendo en número y poder.
Fuente: Reuters