Hace más de medio siglo, los astronautas del Apolo 17 sellaron con cuidado varios tubos llenos de polvo lunar. Nadie imaginó que, cincuenta años después, uno de ellos escondería algo tan inesperado, un tipo de azufre que no existe en la Tierra.
El hallazgo, dirigido por la Universidad de Brown, podría reescribir parte de la historia geológica de la Luna. Lo que parecía solo un tubo sellado terminó revelando una pieza nueva del rompecabezas sobre cómo se formó nuestro satélite. Y eso, después de tanto tiempo, sigue sorprendiendo.
El estudio, publicado en JGR: Planets, analizó muestras tomadas en el valle Taurus-Littrow, donde Gene Cernan y Harrison Schmitt perforaron la superficie lunar en 1972. Aquella muestra permaneció sellada en helio durante décadas; esperó pacientemente a que la tecnología avanzara lo suficiente para poder examinarla sin dañarla.
Cuando el profesor James Dottin y su equipo abrieron el tubo, se toparon con algo que no esperaban. Los compuestos de azufre del material volcánico mostraban niveles muy altos del isótopo azufre-33, distintos a los de la Tierra. Fue una sorpresa total, de las que dejan al laboratorio en silencio.
El manto lunar conserva una huella química única, nunca vista antes. “Pensábamos que el azufre lunar tenía la misma firma que el terrestre”, recordó Dottin. “Pero los resultados decían otra cosa. Revisamos los datos una y otra vez, y seguían siendo los mismos”.
El hallazgo sugiere que los procesos químicos que dieron forma a la Luna fueron más complejos de lo que se creía. Incluso medio siglo después de las misiones Apolo, la ciencia sigue tropezando con sorpresas en ese polvo gris que trajeron a la Tierra.
Una de las teorías sostiene que este azufre extraño podría proceder de una antigua atmósfera lunar. En sus primeros millones de años, la Luna habría tenido una delgada capa de gas donde la luz ultravioleta alteró la composición isotópica del azufre. Si fue así, parte de ese material superficial acabó hundiéndose hasta el manto.
Otra hipótesis retrocede aún más, al origen mismo del satélite. Según el modelo más aceptado, la Luna nació tras el impacto de un cuerpo del tamaño de Marte, llamado Theia, contra la Tierra primitiva. Si Theia tenía una composición distinta, ese azufre sería la huella de su existencia, todavía presente bajo la corteza lunar.
El descubrimiento fue posible gracias al programa ANGSA de la NASA, que permite analizar muestras del Apolo selladas hace décadas con equipos modernos. Los investigadores planean aplicar la misma técnica en materiales de Marte y de asteroides para comparar huellas isotópicas y entender mejor cómo se formó el sistema solar.
Para Dottin, el mensaje es claro, aún hay secretos guardados en las cajas del Apolo. Cada muestra puede contar una historia distinta sobre los orígenes de la Luna y de la Tierra. Y, medio siglo después, sigue siendo increíble pensar que un pequeño tubo de polvo gris pueda cambiar lo que creíamos saber sobre nuestro propio pasado cósmico.