Reescriben la historia climática africana: las lluvias no desaparecieron hace millones de años
Un estudio demuestra que el norte de África mantuvo lluvias estables entre 3,5 y 2,5 millones de años atrás, desafiando la idea de una gran sequía evolutiva
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
3 min lectura
Durante décadas, la narrativa dominante en paleoclimatología sostenía que el norte de África experimentó una severa desecación hace aproximadamente tres millones de años, una época clave para la evolución humana. Esta “gran sequía africana” se consideraba el telón de fondo ambiental que habría forzado adaptaciones cruciales en los primeros homínidos, como el desarrollo de la marcha erguida y el cambio en los patrones de alimentación.
Sin embargo, un nuevo estudio dirigido por la Universidad Brown desafía radicalmente este paradigma. El análisis de ceras de hojas fósiles indica que los patrones de precipitaciones estivales se mantuvieron sorprendentemente estables en la región entre 3,5 y 2,5 millones de años atrás, justo en el periodo en que surgieron los primeros representantes del género Homo en el registro fósil.
La clave de esta investigación radica en el uso de biomarcadores moleculares: las plantas producen ceras durante su temporada de crecimiento, y la composición isotópica de estas ceras refleja con precisión la cantidad y estacionalidad de las lluvias. Según Bryce Mitsunaga, autor principal del estudio, estos datos proporcionan una señal mucho más directa y fiable de las precipitaciones antiguas que el polvo mineral estudiado tradicionalmente en núcleos oceánicos.
La evidencia previa de una gran sequía se apoyaba en el notable aumento de polvo detectado en los sedimentos marinos frente a las costas occidentales de África, durante la llamada transición Plioceno-Pleistoceno. Esto se interpretó durante décadas como una expansión del desierto de Sahara y el colapso de los monzones de verano.
No obstante, el equipo de Brown encontró que el análisis de las ceras de hojas no muestra una disminución significativa de las lluvias en ese periodo. De hecho, los registros revelan una notable continuidad en los ciclos de precipitación, lo que apunta a una resiliencia inesperada del clima norteafricano, incluso en momentos de enfriamiento global y extensión de los glaciares en el hemisferio norte.
Estos hallazgos obligan a reconsiderar la influencia del clima en la evolución de los primeros humanos. Si el ambiente no se secó radicalmente, quizá la emergencia del bipedismo y otros cambios evolutivos no estuvieron tan ligados a la aridez como se pensaba, abriendo nuevas preguntas sobre los verdaderos motores de la evolución humana.
Los autores también señalan que la acumulación de polvo hallada en los antiguos sedimentos puede deberse más a variaciones en la intensidad y los patrones de viento que a cambios en la cantidad de lluvias, sugiriendo que la aridez y el transporte de polvo no siempre van de la mano.
Entender cómo funcionaba el ciclo del agua bajo niveles de CO₂ similares a los actuales puede aportar información valiosa para predecir el futuro hídrico de una región que ya sufre estrés climático. Los resultados, publicados en Science Advances, invitan a repensar la relación entre clima, paisaje y evolución en África, y subrayan la necesidad de nuevas investigaciones que reevalúen cuándo y por qué el continente pasó a condiciones más áridas.
Fuente: Brown
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