América Latina exporta litio al mundo, pero sigue atrapada en la dependencia de los combustibles fósiles
América Latina lidera la exportación de litio, pero no rompe con los combustibles fósiles. ¿Qué frena su transición energética?
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
5 min lectura
América Latina, y en particular el llamado “triángulo del litio” (Argentina, Bolivia y Chile), se ha posicionado en los últimos años como una potencia clave en el suministro global de litio, el mineral esencial para las baterías que impulsan la revolución de los autos eléctricos y el almacenamiento energético. Sin embargo, esta bonanza contrasta con una realidad inquietante: la región sigue dependiendo estructuralmente de combustibles fósiles para generar electricidad, movilizar su transporte y sostener sus economías.
La contradicción es evidente. Mientras las exportaciones de litio se multiplican, con proyectos en expansión y acuerdos estratégicos con empresas de Europa, Asia y Estados Unidos, los países productores aún queman gas natural, petróleo y carbón como fuentes principales de energía. El caso más extremo es Bolivia, que posee las mayores reservas de litio del planeta, pero depende en más del 80% de fósiles para su generación eléctrica.
¿Qué impide a la región usar su litio para su propia transición energética?
A diferencia de otras regiones, en América Latina el litio se ha convertido en un recurso de exportación antes que en una palanca interna de transformación energética. Parte de la explicación está en la débil industrialización del litio: la mayoría de los países lo extraen como materia prima sin agregar valor local, es decir, sin producir baterías ni sistemas de almacenamiento propios.
Esa falta de encadenamientos productivos se traduce en una oportunidad perdida. Mientras países como China lideran la cadena completa —extracción, refinamiento, ensamblaje y aplicación tecnológica—, en la región los beneficios del litio se concentran en exportaciones brutas, sin una reinversión sistemática en infraestructura energética nacional. Esto perpetúa la dependencia de tecnologías fósiles y frena la soberanía energética.
Además, los marcos regulatorios y las políticas públicas no siempre favorecen una transición real. En países como Argentina y México, los subsidios a los combustibles fósiles siguen superando ampliamente las inversiones en renovables, lo que genera un escenario contradictorio: se exporta el mineral clave para la electrificación global, mientras se subsidia el consumo de gasolina o gas.
El litio como oportunidad geopolítica y dilema ecológico
Desde una perspectiva geopolítica, el litio otorga a América Latina un rol central en la nueva arquitectura energética mundial. Empresas como Tesla, BYD o CATL dependen de contratos estratégicos en la región, y gobiernos como el de EE. UU. o Alemania han lanzado iniciativas para asegurar el suministro frente a las tensiones con China. Sin embargo, esta centralidad aún no se traduce en un modelo de desarrollo energético autónomo para la región.
Otro aspecto clave es el ambiental. La extracción de litio, especialmente por evaporación en salares, requiere grandes cantidades de agua en zonas desérticas y frágiles, como el altiplano andino. Esto genera tensiones con comunidades locales y pone en cuestión el carácter “verde” del litio cuando no se gestiona con criterios sostenibles ni se utiliza para reemplazar fósiles localmente.
¿Qué caminos tiene América Latina para aprovechar su litio con sentido estratégico?
La primera gran tarea es desarrollar una cadena de valor regional del litio. Existen intentos —como la empresa estatal YLB en Bolivia o los acuerdos públicos-privados en Chile— pero aún están lejos de generar una industria robusta que retenga conocimiento, empleo y tecnología. Invertir en gigafábricas, I+D y formación técnica podría convertir al litio en motor de transformación estructural, no solo de ingresos por exportación.
En paralelo, los países deben alinear sus políticas energéticas con la transición global. Esto implica reducir gradualmente los subsidios a fósiles, acelerar la incorporación de renovables como solar y eólica, e integrar el almacenamiento con baterías de litio como pilar de redes eléctricas más limpias y resilientes. El litio no debe ser solo un recurso para otros; debe alimentar el cambio dentro de casa.
Finalmente, la dimensión social y ambiental debe estar en el centro. La transición energética será justa solo si respeta los derechos de las comunidades afectadas, protege los ecosistemas y distribuye los beneficios del litio más allá de las exportaciones. La gobernanza de este mineral es tan importante como su valor económico.
Entre la potencia exportadora y la dependencia energética
América Latina se encuentra en una encrucijada histórica. Por un lado, lidera el suministro del mineral que mueve la transición energética global. Por otro, permanece atada a un modelo fósil que limita su capacidad de transformación interna. El litio, en este contexto, puede ser una trampa de exportación o una palanca de soberanía energética. La elección depende de las políticas que se adopten ahora.
El desafío es dejar de ser simplemente proveedores de materias primas y convertirnos en arquitectos de una transición propia. Solo así, América Latina dejará de ser el “surtidor verde” del mundo para convertirse en protagonista de un modelo energético más justo, sostenible y autónomo.
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