Frente a la aparente calma del Sol actual, su pasado fue cualquier cosa menos tranquilo. Un estudio de la Universidad de Kioto ha revelado que, durante los primeros días del sistema solar, nuestra estrella lanzaba enormes chorros de plasma al espacio, conocidos como eyecciones de masa coronal. Estos eventos pudieron alterar profundamente las atmósferas de los planetas jóvenes, incluyendo la Tierra.
Los investigadores observaron una estrella llamada EK Draconis, considerada un análogo del Sol en su juventud. Las mediciones, publicadas en Nature Astronomy, mostraron una eyección de masa coronal (CME) con temperaturas y velocidades nunca vistas, que ayudan a reconstruir cómo era la actividad solar hace miles de millones de años.
“Queríamos entender cómo la violencia del joven Sol pudo afectar la atmósfera de la Tierra primitiva y las condiciones para la vida”, explicó Kosuke Namekata, autor principal del estudio y astrónomo de la Universidad de Kioto.
Una erupción estelar que recrea la furia del Sol antiguo
El equipo combinó observaciones del Telescopio Espacial Hubble con telescopios terrestres en Japón y Corea para analizar la estrella desde múltiples longitudes de onda. Detectaron dos fases distintas, una expulsión de plasma caliente de más de 100.000 grados Kelvin y otra más fría, de unos 10.000 grados, que ocurrió minutos después.
El plasma más caliente alcanzó velocidades de hasta 550 kilómetros por segundo, mientras que la porción más fría avanzó a 70 kilómetros por segundo. La energía liberada fue tan alta que, de haber ocurrido en el joven sistema solar, podría haber alterado químicamente las atmósferas de la Tierra, Marte y Venus.
Los investigadores describen el fenómeno como “una autopsia estelar en tiempo real”, una oportunidad única para ver cómo una estrella joven recicla su energía magnética a través de erupciones violentas.
El impacto de las tormentas solares en la habitabilidad planetaria
Los modelos teóricos sugieren que estas eyecciones podrían haber tenido un papel dual, destructivo y creativo. Por un lado, la radiación intensa y las partículas cargadas habrían erosionado atmósferas y océanos tempranos. Pero, por otro, la energía liberada podría haber impulsado reacciones químicas que originaron moléculas esenciales para la vida.
Las CME también pudieron influir en la composición de los gases de efecto invernadero, manteniendo temperaturas estables en la Tierra joven. Según los científicos, este tipo de fenómenos pudo ser crucial para que el planeta conservara agua líquida y desarrollara condiciones habitables.
“El Sol joven era probablemente mucho más activo que ahora”, señaló Namekata. “Su comportamiento extremo no solo modeló la geología, sino que también pudo determinar el destino biológico de nuestro planeta”.
El hallazgo fue posible gracias a la coordinación entre observatorios espaciales y terrestres, un logro que los investigadores destacan como prueba del valor de la cooperación científica internacional. “Aunque nuestros países difieren, compartimos la misma curiosidad por entender cómo nació nuestro hogar cósmico”, concluyó el astrónomo japonés.