Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Arizona pone en duda la idea de que el planeta esté atravesando actualmente una sexta extinción masiva. El trabajo, publicado en la revista Proceedings of the Royal Society, muestra que las tasas de extinción de especies terrestres alcanzaron su punto máximo hace alrededor de cien años y han disminuido desde entonces en la mayoría de los grupos de plantas y animales.
El equipo liderado por John Wiens y Kristen Saban analizó los registros de 912 especies extintas durante los últimos 500 años, junto con datos de más de 160.000 especies evaluadas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Su conclusión contradice la creencia generalizada de que las extinciones se están acelerando de forma constante.
Según los investigadores, la mayoría de las extinciones pasadas se concentraron en islas y estuvieron vinculadas a la introducción de especies invasoras, como ratas, cerdos o cabras, más que al cambio climático o la pérdida de hábitat. Sin embargo, las amenazas actuales son diferentes y afectan sobre todo a especies continentales debido a la deforestación y la urbanización.
“Las causas de las extinciones pasadas no son las mismas que impulsan las amenazas actuales o futuras”, explicó Wiens. “Por eso, extrapolar los patrones del pasado puede llevarnos a conclusiones erróneas sobre lo que está por venir”. Los autores sostienen que entender esta diferencia es clave para diseñar estrategias de conservación más precisas.
El estudio también resalta que las tasas de extinción varían mucho entre grupos. Los moluscos, los caracoles y los vertebrados terrestres han sufrido las mayores pérdidas, mientras que las plantas y los artrópodos muestran tasas mucho más bajas. En los hábitats continentales, las especies de agua dulce son las más afectadas por la actividad humana.
De forma inesperada, el equipo no encontró evidencias de un aumento de extinciones atribuibles al cambio climático en los últimos dos siglos. No obstante, aclararon que esto no implica que el calentamiento global no sea una amenaza, sino que su impacto directo en las extinciones registradas hasta ahora ha sido limitado.
Kristen Saban, autora principal del estudio, señaló que el propósito de la investigación no es minimizar la crisis ecológica, sino mejorar la precisión científica con la que se comunica. “La pérdida de biodiversidad sigue siendo un problema enorme, pero debemos describirla con rigor y basarnos en datos reales”, afirmó.
Para los autores, el mensaje es doble: las tasas de extinción no están aumentando de forma incontrolada, pero la presión humana sobre los ecosistemas sigue siendo crítica. “El trabajo de conservación funciona, y es esencial mantenerlo”, concluyó Wiens, subrayando que la ciencia debe ofrecer una visión realista, no apocalíptica, del futuro de la vida en la Tierra.