En el sur de Arizona, la cuenca de Willcox se hunde lentamente mientras las tierras agrícolas se agrietan y los pozos se quedan secos. Durante décadas, los agricultores han extraído agua subterránea a un ritmo que supera con creces la capacidad natural de recarga. Lo que comenzó como una solución para sostener los cultivos en el desierto se ha convertido en una amenaza para el equilibrio del terreno.
Los investigadores de la Universidad Texas A&M–Corpus Christi calcularon que algunas zonas se hunden hasta quince centímetros por año. Desde la década de 1950, el terreno ha descendido más de tres metros y medio, un cambio que está deformando carreteras, canales de riego y viviendas rurales. La subsidencia avanza en silencio, pero sus consecuencias son visibles en cada grieta del suelo.
El proceso ocurre cuando el nivel freático baja tanto que los poros del subsuelo colapsan. Sin la presión del agua, los sedimentos se compactan y el suelo pierde volumen, generando un hundimiento progresivo. Una vez que esa estructura se comprime, el cambio es permanente: el terreno nunca vuelve a su nivel original.
Los expertos advierten que ni siquiera las lluvias extraordinarias pueden revertir el daño. El suelo pierde para siempre su capacidad de almacenar agua, reduciendo la resiliencia de toda la región frente a sequías cada vez más intensas.
El colapso invisible de los acuíferos
Brian Conway, geofísico del Departamento de Recursos Hídricos de Arizona, explica que la pérdida de volumen bajo tierra es como “una esponja que se exprime sin posibilidad de volver a expandirse”. Los acuíferos sellados ya no pueden retener agua y el desierto se vuelve más seco cada año. Lo que antes era un reservorio natural de vida se convierte en una capa endurecida e improductiva.
Las imágenes satelitales demuestran que la subsidencia se extiende más allá de Willcox, afectando otras zonas agrícolas del estado. Las explotaciones de alfalfa y nuez pecán —altamente demandantes de agua— aceleran el deterioro. A mayor extracción, mayor colapso subterráneo, un círculo vicioso que amenaza con expandirse por todo el sur de Arizona.
Aunque las lluvias de 2022 y 2023 ofrecieron un respiro temporal, el calor extremo del verano siguiente anuló cualquier recuperación. El clima ya no puede compensar décadas de sobreexplotación acumulada bajo tierra.
La gestión del agua como última esperanza
En 2023, las autoridades declararon la cuenca de Willcox como un Área de Gestión Activa, lo que permite establecer límites al bombeo y regular los nuevos pozos agrícolas. Medidas similares en Tucson y Phoenix lograron estabilizar el nivel freático, reduciendo el hundimiento y evitando daños mayores a la infraestructura local.
Los agricultores, sin embargo, enfrentan el reto de cambiar su modelo productivo. Algunos reducen el área de cultivo o adoptan sistemas de riego por goteo, mientras otros abandonan las tierras más afectadas. La recuperación es lenta y costosa, y los acuíferos colapsados no volverán a ser los mismos.
Smilovsky resume la situación con preocupación: “Podemos frenar el proceso, pero no revertirlo. Lo que se pierde bajo tierra no se recupera”. Su advertencia resume el dilema del suroeste estadounidense, donde el futuro de la agricultura depende del agua que ya no se ve.
Fuente: https://www.geosociety.org/GSA/News/pr/2025/25-19.aspx