Un equipo de la Universidad de Hawái en Mānoa advierte que los desechos generados por la minería submarina podrían estar poniendo en riesgo la vida en la llamada “zona crepuscular” del océano, una franja poco iluminada entre los 200 y 1.500 metros de profundidad donde prosperan especies clave del ecosistema marino. El estudio, publicado en Nature Communications, alerta que los residuos alteran la calidad del alimento disponible para millones de organismos.
Las pruebas realizadas en la Zona Clarion-Clipperton del Pacífico revelaron que las partículas liberadas por las operaciones mineras reducen el valor nutricional de las aguas. Según los investigadores, más de la mitad del zooplancton y el 60 % del micronekton, organismos que sirven de alimento a peces y mamíferos marinos, podrían verse afectados por la presencia de sedimentos finos suspendidos durante semanas en el océano.
Las partículas minerales diluyen los nutrientes naturales y enturbian el entorno donde se alimentan los pequeños organismos, rompiendo un equilibrio ecológico milenario.
Una región esencial para el clima y la vida marina
La zona crepuscular es una de las regiones más enigmáticas y vitales del planeta. En ella viven peces, calamares, medusas y diminutos crustáceos que migran cada noche hacia la superficie, transportando carbono a las profundidades y ayudando a regular la temperatura del planeta. Cualquier alteración en esa rutina puede tener efectos globales en la captura natural de carbono.
“Cuando los desechos mineros alcanzan esta zona, reemplazan las partículas orgánicas naturales que alimentan al zooplancton”, explicó Michael Dowd, autor principal del estudio. “Es como sustituir comida nutritiva por aire: los animales no mueren enseguida, pero la red trófica empieza a desmoronarse desde abajo”.
Los investigadores detectaron que las partículas expulsadas contienen concentraciones de aminoácidos mucho menores que las partículas naturales. Esto implica que los organismos deben esforzarse más por obtener la misma energía, reduciendo su capacidad de supervivencia.
En conjunto, los resultados sugieren que las operaciones mineras no solo afectan al fondo marino, sino también a los ecosistemas intermedios que lo conectan con la superficie.
Impactos que podrían escalar hasta las pesquerías
La investigación advierte que las consecuencias podrían llegar incluso a las pesquerías comerciales del Pacífico. El atún y otras especies de gran valor económico se alimentan de organismos que habitan precisamente en la zona crepuscular, lo que significa que los vertidos mineros podrían tener efectos indirectos en las cadenas de suministro de alimentos humanos.
“No se trata solo de la minería del fondo marino”, añadió la profesora Erica Goetze. “Estamos hablando de un sistema que ha funcionado con una dieta equilibrada durante siglos y al que ahora se le introducen calorías vacías”. Según la investigadora, la falta de regulación internacional agrava el problema: todavía no existen límites sobre la profundidad ni la forma en que se descargan estos residuos.
Algunos países ya presionan para iniciar la minería comercial, mientras la comunidad científica pide una moratoria hasta entender por completo los efectos ecológicos.
Una advertencia antes de que sea demasiado tarde
El coautor Brian Popp insistió en que la humanidad todavía está a tiempo de actuar. “La minería submarina a gran escala aún no ha comenzado, y esta es nuestra oportunidad de decidir si seguimos adelante o si protegemos ecosistemas que apenas empezamos a comprender”. Los investigadores esperan que sus datos sirvan de guía a la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos y a la NOAA en la elaboración de futuras normativas.
El estudio concluye que la zona crepuscular —que conecta la superficie con el abismo— podría ser uno de los primeros grandes ecosistemas en sufrir los efectos de la nueva frontera minera del siglo XXI. Su destrucción, advierten, no sería visible desde la costa, pero marcaría un punto de no retorno para la biodiversidad oceánica.