Europa se prepara para un invierno más dependiente que nunca del gas estadounidense. La reducción de los flujos por gasoducto desde Rusia y Argelia y el nivel más bajo de almacenamiento en cuatro años obligarán al bloque a importar hasta 160 cargamentos adicionales de gas natural licuado, según analistas del sector energético.
Las importaciones de GNL alcanzarán alrededor de 820 buques cisterna en 2025, frente a 660 del año anterior, cubriendo casi la mitad del suministro total de gas de la Unión Europea. De esa cifra, más del 70 % procederá de Estados Unidos, que ha reforzado su capacidad de exportación tras el cierre progresivo del mercado ruso y el aumento de la demanda europea.
Hace una década, el GNL representaba apenas el 10 % del consumo de gas de Europa. En 2021, antes de la invasión de Ucrania, ya suponía el 23 %. Hoy, con la infraestructura de gasoductos reducida y los contratos a largo plazo en revisión, el continente depende cada vez más del gas licuado que llega por mar.
Esa nueva dependencia tiene un costo: los precios del GNL son más volátiles que los del gas por ducto. Cada oscilación en la demanda mundial, especialmente en Asia, puede desatar subidas súbitas en los precios europeos. “Nuestra dependencia de Estados Unidos crecerá”, reconoció un ejecutivo de una empresa energética europea bajo anonimato. “No tenemos muchas opciones”.
Los niveles de almacenamiento de gas de la UE se encuentran en el 82,7 % de su capacidad, frente al 94 % del mismo periodo del año pasado. Los expertos advierten que, si el invierno es más frío de lo previsto, las reservas podrían caer por debajo del 30 % a finales de marzo, el nivel más bajo en siete años. Esa posibilidad ya añade una prima de riesgo a los contratos para 2026.
La menor disponibilidad de gas argelino y el agotamiento gradual de los yacimientos noruegos aumentan la presión sobre los mercados. Mientras tanto, la producción de GNL estadounidense continúa creciendo, consolidando al país como el principal proveedor energético del continente europeo durante la próxima década.
Europa, que hace tres años se propuso reducir su dependencia energética, se encuentra ahora más expuesta a las oscilaciones de un mercado global dominado por factores externos. Lo que en 2022 fue una solución de emergencia se ha convertido en una nueva realidad energética: la seguridad del suministro europeo depende, en gran medida, de los barcos que cruzan el Atlántico cargados de gas estadounidense.