Cuando las minas de hierro comenzaron a avanzar hacia la superficie, la ciudad sueca de Kiruna no tuvo otra opción que mudarse. Las autoridades decidieron reconstruirla unos kilómetros al este, con un centro moderno y calles rectas. Pero un estudio de la Universidad de Gotemburgo revela un efecto no previsto, la nueva Kiruna es más fría que la original, y sus habitantes ya lo sienten en el día a día.
El traslado pretendía crear una ciudad más atractiva para vivir, con una gran plaza central, edificios altos y zonas comerciales. Sin embargo, la ubicación elegida se encuentra en una depresión natural donde el aire frío se acumula fácilmente durante el invierno. El resultado ha sido un microclima más severo, con temperaturas que pueden descender hasta diez grados más que en la antigua ciudad.
Los investigadores explican que el nuevo diseño urbano, pensado para la modernidad, ignoró algunos principios básicos de construcción en regiones árticas.
Una ciudad rediseñada, pero con un clima más hostil
El plan original de Kiruna, diseñado a principios del siglo XX por el urbanista Per Olof Hallman, aprovechaba una ladera orientada al sur, donde el sol invernal aún alcanzaba las calles y las fachadas. En cambio, la nueva ubicación está rodeada de colinas que bloquean la luz solar durante gran parte del año. Las calles en cuadrícula y los edificios más altos también impiden que el calor se distribuya de forma natural.
Según el estudio, las calles estrechas y el trazado lineal favorecen la formación de túneles de viento, haciendo que las ráfagas sean más intensas y frecuentes. Los residentes lo describen con humor y resignación. “Han construido un maldito túnel de viento”, comentó un vecino a los investigadores, refiriéndose a la plaza principal que conecta con la calle comercial.
El ayuntamiento reconoce las quejas y estudia medidas para mitigar el frío, como plantar árboles o instalar mobiliario urbano que sirva de barrera contra el viento.
Errores de planificación y una ciudad menos acogedora
La especialista Jennie Sjöholm, de la Universidad de Gotemburgo, lleva más de dos décadas siguiendo el proceso de reubicación de Kiruna. Afirma que quienes tomaron las decisiones priorizaron la estética y la densidad urbana por encima del clima local. “No se optimizó el diseño para las condiciones árticas, aunque se sabía que las nuevas serían peores”, explicó.
Durante la posguerra, arquitectos como Ralph Erskine demostraron cómo se podía adaptar la arquitectura al frío extremo, diseñando edificios que protegían los espacios comunes del viento y aprovechaban la nieve como aislante. En la nueva Kiruna, sin embargo, algunos balcones y parques infantiles se han construido en zonas que apenas reciben sol durante el invierno.
Los expertos creen que la ciudad aún puede mejorar si se aplican ajustes urbanos inspirados en el conocimiento tradicional ártico. Plantar cortavientos naturales, redirigir la orientación de ciertas calles y crear refugios climáticos podrían devolver algo del confort perdido. Por ahora, los habitantes se abrigan más que nunca y esperan que la nueva Kiruna no solo sea moderna, sino también habitable.