El uranio está viviendo su momento más caliente desde los años 70. El precio spot pasó de 25 dólares la libra en 2020 a rozar los 100 dólares en 2024, y sigue subiendo. Fondos de inversión, gobiernos y especuladores están comprando todo lo que pueden antes de que sea demasiado tarde.
La razón es simple pero brutal, el mundo necesitará mucho más uranio del que produce. China planea construir 150 reactores nucleares nuevos para 2035. India quiere triplicar su capacidad nuclear. Hasta Japón, que cerró todo después de Fukushima, está reactivando plantas. Y mientras tanto, las minas actuales apenas dan abasto.
Sprott Physical Uranium Trust, un fondo canadiense, ya acumuló más de 60 millones de libras de uranio físico. Literalmente lo compran y lo guardan en bodegas, apostando a que los precios seguirán subiendo. No son los únicos. Decenas de fondos similares surgieron en los últimos dos años.
Por qué el mundo se volvió adicto al uranio
La transición energética tiene un problema que nadie quería admitir hasta ahora, las renovables solas no alcanzan. Alemania lo aprendió por las malas cuando cerró sus nucleares y terminó quemando más carbón. Francia, que genera 70% de su electricidad con nuclear, se ríe mientras exporta energía a precios récord.
Los números son contundentes. Hay 440 reactores operando en el mundo y 60 en construcción. Para 2040 se esperan otros 100 más. Cada reactor grande necesita unas 400 mil libras de uranio al año. La demanda actual es de 180 millones de libras anuales, pero las minas solo producen 140 millones. El faltante viene de inventarios que se están agotando.
Kazajistán produce el 40% del uranio mundial y ya avisó que no puede aumentar mucho más su producción. Las minas en Canadá y Australia operan al límite. Namibia intenta expandirse pero le falta infraestructura. Y abrir una mina nueva toma entre 10 y 15 años, si todo sale bien.
Estados Unidos depende 95% de uranio importado para sus 93 reactores. La situación es tan crítica que el Congreso aprobó fondos de emergencia para reactivar el enriquecimiento doméstico. Rusia controlaba el 35% del mercado de enriquecimiento global hasta las sanciones, creando un hueco enorme.
Las empresas mineras junior están viviendo su mejor momento. Acciones de compañías que ni siquiera tienen minas operando subieron 500% o más. NexGen Energy, que desarrolla un proyecto en Canadá, pasó de valer 500 millones a 5 mil millones de dólares. Y todavía no sacaron ni una libra de uranio.
La burbuja que nadie quiere nombrar
Todo boom tiene su lado oscuro y el uranio no es la excepción. Los mismos fondos que están comprando uranio físico lo están sacando del mercado, creando escasez artificial. Es legal pero éticamente cuestionable cuando hablamos del combustible para plantas nucleares que generan electricidad para millones.
El mercado del uranio es diminuto comparado con el petróleo o el oro. Con apenas unos miles de millones de dólares puedes mover los precios significativamente. Por eso atrae especuladores que no saben ni cómo se procesa el yellowcake pero apuestan a que seguirá subiendo.
Los contratos a largo plazo entre mineras y plantas nucleares, que tradicionalmente estabilizaban el mercado, ahora representan menos del 20% de las transacciones. El resto es mercado spot, volátil y manipulable.
Algunos analistas advierten que cuando los inventarios de los fondos salgan al mercado, los precios podrían colapsar. Otros dicen que la demanda estructural es tan fuerte que absorberá cualquier venta. Nadie sabe realmente, pero todos están apostando miles de millones como si supieran. La nueva fiebre del oro es radioactiva, y como toda fiebre, eventualmente bajará. La pregunta es cuándo y quién quedará quemado.