La lenta expansión del hidrógeno verde pone en duda su papel como solución energética
La industria del hidrógeno verde crece, pero su lentitud compromete su promesa como alternativa energética sostenible
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
3 min lectura
El hidrógeno verde ha sido promocionado durante la última década como una solución clave para alcanzar la neutralidad climática. Se trata de un vector energético limpio que se obtiene mediante electrólisis del agua, utilizando fuentes renovables. A diferencia del hidrógeno gris o azul, su producción no genera emisiones de CO₂. Sin embargo, esta promesa tecnológica se enfrenta a una realidad que avanza mucho más lento de lo esperado.
Actualmente, más del 95 % del hidrógeno producido en el mundo proviene de fuentes fósiles. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), solo una fracción marginal se produce de forma sostenible. Esto ocurre en un contexto en el que los compromisos de descarbonización exigen transformaciones urgentes en sectores como la industria pesada, el transporte marítimo y la aviación, donde el hidrógeno podría jugar un papel central.
Uno de los principales cuellos de botella es el costo. A pesar de los avances tecnológicos, el hidrógeno verde sigue siendo entre dos y cinco veces más caro que el hidrógeno gris. Esta brecha se debe tanto al alto precio de la electrólisis como a la limitada capacidad instalada de fuentes renovables dedicadas exclusivamente a su producción. Además, la cadena de suministro global para este combustible está aún en su infancia.
La infraestructura es otro factor limitante. No existen suficientes electrolizadores a gran escala, ni redes logísticas capaces de transportar el hidrógeno de forma segura y eficiente. Las soluciones de almacenamiento —ya sea en forma gaseosa, líquida o como portadores químicos— son complejas y caras. Muchos proyectos anunciados como “revolucionarios” aún están en fase piloto o han sido postergados por falta de viabilidad económica.
A nivel geográfico, Europa ha tomado la delantera con iniciativas como el Green Deal y el programa REPowerEU, que busca reducir la dependencia energética del gas ruso. Alemania, Países Bajos y España han lanzado estrategias nacionales con inversiones multimillonarias. En Asia, Japón y Corea del Sur también avanzan con ambiciosas hojas de ruta. América Latina, por su parte, cuenta con un gran potencial renovable, pero enfrenta barreras regulatorias y de inversión extranjera.
El problema de fondo es que el hidrógeno verde está atrapado en una paradoja: requiere una demanda consolidada para abaratar costos mediante economías de escala, pero esa demanda no despega precisamente porque el costo actual lo hace poco competitivo. Este círculo vicioso podría romperse con subsidios, contratos por diferencia, exenciones fiscales y normas que obliguen a descarbonizar ciertos sectores industriales.
Sin embargo, hay quienes alertan sobre una “burbuja del hidrógeno”. Organizaciones como Transport & Environment han advertido que algunos gobiernos están sobredimensionando su papel, descuidando opciones más directas como la electrificación o el uso de biocombustibles avanzados. En este sentido, el hidrógeno debe verse como una solución complementaria, no como un sustituto universal.
Si no se toman decisiones urgentes, el hidrógeno verde podría quedarse como una tecnología de laboratorio, incapaz de materializar su potencial transformador. Su futuro dependerá de políticas públicas coherentes, alianzas internacionales y la voluntad política de acelerar una transición que, por ahora, va muy por detrás del reloj climático.
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