La humanidad aprovecha la fuerza del viento desde hace milenios. Primero fueron las velas en barcos egipcios y los molinos verticales en Persia, después los icónicos molinos europeos como los del Quijote. Durante siglos sirvieron para moler grano o bombear agua, hasta que la revolución industrial los relegó a un papel secundario frente al carbón y la electricidad.
El siglo XIX marcó un punto de inflexión. En Estados Unidos surgió el molino multipala para el bombeo de agua y, poco después, los primeros intentos de generar electricidad. El científico Charles F. Brush construyó en 1887 una turbina de 17 metros con 144 palas que apenas alcanzaba 12 kW de potencia. Décadas más tarde, el danés Poul la Cour demostró que las turbinas con menos aspas eran mucho más eficientes.
La eólica se consolidó en el siglo XX. Albert Betz formuló en 1919 la ley que lleva su nombre, clave para el diseño de aerogeneradores. En Dinamarca y Estados Unidos, las crisis del petróleo de los setenta impulsaron proyectos pioneros y nacieron empresas como Vestas y Gamesa, que todavía lideran el sector. A partir de ahí comenzó la verdadera carrera por escalar potencia y eficiencia.
Hace 30 años, una turbina típica rondaba entre 150 y 200 kW. Era el estándar de aquella época, con torres más bajas y palas de apenas 20 metros de diámetro. En España, la central de Granadilla, inaugurada a principios de los noventa, sigue operando con ese tamaño modesto, produciendo en tres décadas unos 9 GWh.
El presente ofrece cifras muy distintas. Hoy los aerogeneradores terrestres alcanzan los 5 MW, mientras que en alta mar superan los 10 o 12 MW. Eso significa que una sola máquina actual equivale a la potencia de unas 100 turbinas de los años noventa. Además, las torres superan los 150 metros y las palas llegan a los 158 metros, dimensiones impensables entonces.
Los avances no se limitan a la potencia. La tecnología actual permite que las aspas se orienten con precisión para aprovechar vientos débiles o fuertes, logrando un rango de operación más amplio y seguro. Además, muchos aerogeneradores pueden arrancar de forma aislada, sin depender de la red eléctrica, una ventaja en escenarios de apagón o desconexión temporal.
El reto de la sostenibilidad también cambió. Si antes las palas fijas se desechaban al final de su vida útil, hoy se desarrollan materiales reciclables y proyectos de economía circular. La fibra de vidrio recuperada puede reutilizarse en sectores como la náutica o la construcción. Este enfoque cierra el círculo de la energía renovable y reduce los residuos de una industria en expansión.
El futuro de la eólica apunta a mayor digitalización, nuevos materiales y plantas más eficientes en lugar de turbinas cada vez más grandes. Lo cierto es que la energía del viento, que comenzó con modestos molinos medievales, hoy alimenta ciudades enteras y se proyecta como uno de los pilares de la transición hacia un sistema energético sin fósiles.