Las columnas de agua y compuestos orgánicos descubiertas en Encélado por la misión Cassini fueron interpretadas durante años como un vínculo directo con un océano subterráneo. Ese hallazgo convirtió a esta luna de Saturno en uno de los lugares más prometedores para la búsqueda de vida extraterrestre en el Sistema Solar.
Sin embargo, un nuevo estudio liderado por Grace Richards del INAF en Roma sugiere que esos compuestos podrían formarse en la propia superficie de Encélado. Los resultados, presentados en la reunión conjunta EPSC-DPS2025 en Helsinki, cuestionan la interpretación más optimista sobre su habitabilidad.
El equipo reprodujo en laboratorio las condiciones del hielo en las grietas conocidas como “rayas de tigre”. Estas fracturas expulsan columnas de agua al espacio, pero también quedan expuestas al intenso entorno de radiación generado por la magnetosfera de Saturno.
Mediante irradiación de muestras de agua, dióxido de carbono, metano y amoníaco a temperaturas de –200 ºC, los investigadores lograron sintetizar compuestos como cianato, amonio y precursores de aminoácidos. Varias de estas moléculas coinciden con las detectadas por Cassini en las columnas.
Los resultados sugieren que no es estrictamente necesario un océano subterráneo para explicar la presencia de materia orgánica en Encélado. La interacción entre radiación e hielo podría ser suficiente para generar estas moléculas, lo que obliga a reevaluar las pruebas disponibles.
Richards matiza que esto no descarta la posibilidad de que el océano exista ni que pueda albergar condiciones habitables. Más bien señala que la química de superficie también produce señales similares, lo que complica la interpretación científica.
La distinción entre compuestos formados en el océano y los generados en superficie será uno de los principales retos de la astrobiología en los próximos años. Se requerirán observaciones más precisas y, sobre todo, nuevas misiones a la luna helada.
La Agencia Espacial Europea evalúa una misión a Encélado en el marco del programa Voyage 2050. Estos experimentos subrayan la importancia de que futuras sondas puedan analizar in situ la química de las columnas para resolver definitivamente el misterio de su origen.
Fuente: Europlanet