En Estados Unidos existen cientos de miles de pozos petroleros y de gas abandonados que representan un riesgo ambiental y de seguridad. Una nueva investigación sugiere que estos agujeros, que antes sirvieron para extraer combustibles fósiles, podrían convertirse en depósitos permanentes de carbono gracias al uso de bioaceite elaborado a partir de restos de maíz y madera.
El estudio, realizado por la Universidad Estatal de Iowa en colaboración con socios industriales, propone inyectar este líquido rico en carbono en los pozos profundos, sellándolos de manera segura y al mismo tiempo devolviendo al subsuelo el carbono capturado previamente por las plantas durante su vida.
Los investigadores destacan que la propuesta responde a una doble necesidad, aprovechar residuos orgánicos que hoy en día se desaprovechan y, al mismo tiempo, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma económica y eficiente.
La clave tecnológica está en la pirólisis rápida, un proceso que somete la biomasa a altas temperaturas en ausencia de oxígeno. En cuestión de segundos, los tallos de maíz o los restos de madera se transforman en bioaceite, biocarbón y gases aprovechables. El subproducto sólido puede usarse como enmienda agrícola y el gaseoso como combustible para sostener el mismo proceso.
El biocombustible resultante es un líquido denso y estable que puede almacenarse en pozos con profundidades de más de cuatro kilómetros. Según las estimaciones, llenar un pozo medio requeriría más de 860.000 litros, lo que lo convierte en un sumidero de carbono de gran capacidad.
El análisis económico revela que este método podría secuestrar carbono a un costo cercano a 152 dólares por tonelada, una cifra competitiva respecto a tecnologías como la captura directa de aire, pero con menor inversión inicial y beneficios adicionales en el ámbito agrícola y forestal.
Una red de 200 plantas móviles de pirólisis sería suficiente para escalar la propuesta. Estas unidades, del tamaño de una cosechadora, podrían desplazarse hasta los lugares donde se genera la biomasa, evitando costosos traslados de materia prima y generando nuevas oportunidades económicas en zonas rurales.
El estudio señala que los tratamientos con madera resultan más rentables, con costos de reducción estimados en apenas 100 dólares por tonelada. Además, los residuos agrícolas y forestales usados para producir bioaceite ofrecen un valor añadido, reducen el riesgo de incendios al limpiar los bosques.
Otro punto clave es que la iniciativa se complementa con programas federales que ya destinan miles de millones de dólares a sellar pozos huérfanos. En lugar de gastar únicamente en tapar con cemento, esta estrategia permitiría convertirlos en aliados contra el cambio climático.
Empresas como Charm Industrial ya exploran la viabilidad comercial de esta técnica y han cerrado acuerdos para usar bioaceite en proyectos de captura permanente. La validación académica de la Universidad Estatal de Iowa refuerza la credibilidad de este enfoque en el emergente mercado de créditos de carbono.
El trabajo concluye que el bioaceite no debe verse como una solución única, sino como una pieza más dentro del portafolio de tecnologías de captura de carbono. Su potencial de bajo costo, su capacidad de escalar y sus beneficios colaterales lo convierten en una opción atractiva para mitigar la crisis climática mientras se aprovechan recursos agrícolas y forestales infrautilizados.