La erupción del volcán Nishinoshima, en las islas Ogasawara de Japón, liberó enormes cantidades de ceniza entre 2019 y 2020. Esa nube, pensada al inicio como una amenaza, terminó actuando como fertilizante marino. A más de cien kilómetros del cráter, el fitoplancton empezó a florecer.
Investigadores de la Universidad de Nagoya revisaron imágenes satelitales y hallaron un aumento claro de clorofila-a en Mukojima, isla al noreste de Nishinoshima. Ese repunte coincidió con la llegada de la ceniza, un vínculo directo que quedó documentado con datos sólidos.
En condiciones normales, Mukojima forma parte del giro subtropical, una región casi estéril en nutrientes. Sin embargo, durante la erupción, la clorofila se duplicó. Fue la señal inequívoca de que la ceniza había enriquecido unas aguas donde la vida microscópica apenas encuentra recursos.
El equipo cruzó datos de dos satélites, Aqua de la NASA y el Himawari-8 japonés. Ambos mostraron la misma respuesta, un pico repentino de fitoplancton. Eso permitió descartar fallos de medición y reforzó la hipótesis volcánica como origen del fenómeno.
Las simulaciones numéricas confirmaron el trayecto de la ceniza. En apenas seis días, vientos y corrientes llevaron el material desde Nishinoshima hasta Mukojima. Allí liberó minerales y encendió una floración biológica inesperada.
“La ceniza volcánica actúa como un fertilizante natural”, explicó Joji Ishizaka, director del estudio. Al mezclarse con el agua libera hierro y fósforo, elementos que disparan el crecimiento del fitoplancton, base de la cadena alimenticia marina.
La investigación demuestra que las erupciones volcánicas no solo transforman paisajes cercanos. También alteran ecosistemas oceánicos lejanos, incluso en zonas conocidas como desiertos marinos.
El hallazgo abre otra pregunta: ¿qué papel tienen los volcanes en los ciclos climáticos? Si la ceniza multiplica el fitoplancton en áreas vastas, también puede aumentar la absorción de dióxido de carbono, un factor decisivo en la regulación del clima.
El trabajo de Nagoya se suma a estudios previos que ya habían notado aumentos de fitoplancton cerca de volcanes. Lo novedoso ahora es la escala, más de cien kilómetros de distancia, un alcance mucho mayor al que se había reconocido.
Para los científicos, Nishinoshima es un laboratorio natural. Allí volcanes, corrientes y vida microscópica se entrelazan para mostrar cómo la geología puede moldear la productividad oceánica y, en última instancia, el clima del planeta.