Nivel del mar registra una aceleración sostenida en las últimas tres décadas
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La Antártida sigue evocando en muchos la imagen de un continente remoto, gélido y casi inalterado por la actividad humana. Sin embargo, la experiencia de la oceanógrafa australiana Jennifer Verduin durante una expedición reciente revela una verdad muy distinta: el continente blanco está cambiando rápidamente, y sus efectos no son locales, sino globales.
Verduin, quien participó junto a más de 100 científicos en un viaje liderado por el programa Homeward Bound, describe un paisaje de contrastes: icebergs majestuosos y pingüinos juguetones, pero también un entorno golpeado por el calentamiento oceánico, el retroceso del hielo y una biodiversidad en riesgo. El viaje dejó claro que el cambio climático no es un futuro hipotético: es un fenómeno actual y devastador.
El glaciar Denman, donde operó el rompehielos RSV Nuyina, es uno de los que más rápidamente retrocede en la Antártida Oriental. La especie Ceratoserolis trilobitoides, pariente lejano de los trilobites prehistóricos, es un símbolo de esta fragilidad: vive lentamente, se reproduce una sola vez, y depende de hábitats estables que están desapareciendo con el derretimiento de los hielos.
Verduin destaca que la Corriente Circumpolar Antártica conecta todos los océanos del planeta. Lo que ocurra en la Antártida, por tanto, afecta al Atlántico, al Índico y al Pacífico. El deshielo altera las corrientes oceánicas, redistribuye nutrientes, modifica ecosistemas y repercute incluso en los patrones de lluvias y sequías en continentes enteros.
Durante el recorrido por lugares como Port Lockroy —una base que divide su territorio entre conservación de fauna y visitas turísticas—, los científicos observaron de cerca la convivencia entre seres humanos y naturaleza. Este equilibrio delicado demuestra que es posible interactuar con estos entornos sin destruirlos, siempre que exista una planificación responsable.
Pero los signos del pasado aún persisten. En la Isla Decepción, los restos oxidados de barcos balleneros son un testimonio del daño histórico causado por la explotación desmedida. Aunque algunas especies se han recuperado, hoy enfrentan un enemigo más insidioso: el aumento de la temperatura del mar, que transforma sus hábitats y pone en jaque su supervivencia.
La Antártida se convierte así en un espejo global. “Los derrames, la contaminación y el calentamiento no conocen fronteras”, afirma Verduin. “Abordar estos desafíos requiere cooperación internacional, políticas sostenibles y una reducción urgente de las emisiones de carbono”.
Para países como Australia y otras naciones costeras, el mensaje es directo: lo que ocurre en los polos no se queda en los polos. Desde la alteración de los patrones de pesca hasta la intensificación de fenómenos climáticos extremos, la Antártida actúa como catalizador y síntoma de una crisis global que ya está en marcha.
El testimonio de Verduin no es solo una crónica científica. Es un llamado a la acción. “La urgencia es real. La responsabilidad es nuestra”, concluye. En la belleza austera y en la vulnerabilidad de la Antártida se resume lo que está en juego: el futuro de un planeta que aún puede salvarse.
Porque su hielo regula el clima global. Su derretimiento altera corrientes oceánicas y eleva el nivel del mar.
Pingüinos, focas, ballenas y especies únicas como los peces de hielo enfrentan hábitats inestables.
Una Antártida bella pero frágil, con evidencia clara del impacto humano y del calentamiento acelerado.
Cooperación internacional, reducción de emisiones y protección activa del ecosistema antártico.
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