Un nuevo estudio publicado en Nature Climate Change confirma que los grupos de huracanes, o cúmulos de ciclones tropicales, se han vuelto más frecuentes en el Atlántico Norte, un fenómeno impulsado por el calentamiento global y cambios en patrones oceánicos y atmosféricos.
Estos eventos, en los que varias tormentas se forman de manera simultánea o consecutiva, pueden golpear las mismas zonas en cuestión de días, dejando poco margen para la recuperación. Ejemplos recientes incluyen a Harvey, Irma y María en 2017.
Investigadores de la Universidad de Fudan y la Universidad de Hong Kong analizaron décadas de registros de ciclones. Hallaron que, mientras en el Pacífico Noroeste la probabilidad de grupos disminuyó, en el Atlántico Norte creció de forma significativa.
Históricamente, solo el 40% de los ciclones tropicales se presentaban de manera aislada. Ahora, las coincidencias entre dos o más tormentas son cada vez más comunes, lo que incrementa la presión sobre infraestructuras y sistemas de emergencia.
Para investigar las causas, el equipo desarrolló un modelo probabilístico basado en la frecuencia, duración y estacionalidad de las tormentas. Aunque útil, el modelo no logró explicar los picos de actividad observados en algunos años clave.
El análisis reveló que ciertas tormentas se forman bajo la influencia de ondas de escala sinóptica, perturbaciones atmosféricas que viajan como trenes y favorecen la generación simultánea de ciclones en una misma cuenca.
Otro factor identificado es un patrón de calentamiento similar a La Niña, en el que el Pacífico Oriental se calienta más lentamente que el Pacífico Occidental. Este patrón modifica tanto la frecuencia de ciclones como la intensidad de las ondas sinópticas.
La consecuencia es un desplazamiento del punto crítico de agrupación de ciclones desde el Pacífico Noroeste hacia el Atlántico Norte, convirtiendo a esta región en un nuevo foco de atención para la gestión de riesgos costeros.
El estudio no solo ofrece un marco probabilístico para identificar estos eventos, sino que también proporciona una metodología que podría aplicarse en otras cuencas oceánicas del mundo para anticipar peligros emergentes.
Los autores instan a los países costeros del Atlántico a adoptar estrategias proactivas y reforzar su capacidad de respuesta ante la creciente amenaza de huracanes en cadena, un riesgo que se intensifica con el cambio climático.