Un equipo internacional de científicos ha demostrado que el hemisferio norte estuvo prácticamente libre de permafrost durante el Tortoniano, hace unos 8,7 millones de años, cuando la temperatura media global era 4,5 °C más alta que en la actualidad. El hallazgo se basa en el análisis de espeleotemas —formaciones minerales de cuevas— encontrados en Siberia, que solo pueden crecer en ausencia de suelo permanentemente congelado.
El permafrost, capa de suelo que permanece congelada durante al menos dos años consecutivos, cubre actualmente cerca del 15 % de la superficie terrestre. Su descongelamiento es una de las grandes preocupaciones climáticas, ya que almacena más de 1.600 gigatoneladas de carbono. El nuevo estudio demuestra que bajo un calentamiento global sostenido, incluso las zonas más frías del norte de Siberia pueden perder completamente su permafrost.
Los investigadores dataron mediante técnicas U-Pb espeleotemas hallados en cuevas de los acantilados de Taba-Baastakh, cerca del delta del río Lena, y calcularon que crecieron hace 8,68 millones de años, en un periodo conocido como Tortoniano tardío. Durante este episodio, las temperaturas medias anuales del aire en la región alcanzaban entre +6,6 °C y +11,1 °C, lo que implica un aumento local de más de 18 °C respecto al clima siberiano actual.
El estudio demuestra que cuando la temperatura global era solo 4,5 °C superior a la actual, el Ártico y gran parte del hemisferio norte estaban completamente libres de permafrost. Esto sugiere que los escenarios de calentamiento global más extremos, como los previstos por el IPCC para finales de siglo, podrían desencadenar la desaparición casi total del permafrost superficial, con importantes consecuencias climáticas y ecológicas.
El deshielo del permafrost implica la liberación masiva de carbono orgánico almacenado, que puede transformarse en dióxido de carbono y metano, retroalimentando el calentamiento global. Según el trabajo, si se produjera un deshielo similar al observado en el Tortoniano, se liberarían entre 43 y 128 gigatoneladas de carbono a la atmósfera en pocas décadas o siglos.
Los autores subrayan que las condiciones paleogeográficas y los niveles de CO₂ del Mioceno tardío no son idénticos a los actuales, pero el paralelismo es preocupante. La velocidad y magnitud del cambio climático inducido por el ser humano podrían superar la capacidad de adaptación de los ecosistemas árticos, acelerando la pérdida del permafrost y sus efectos colaterales.
La investigación también refuerza la importancia de los espeleotemas como archivos naturales del clima antiguo, permitiendo reconstruir episodios críticos en la historia de la Tierra que sirven como advertencia para el futuro. El estudio proporciona evidencia empírica de que la desaparición del permafrost a gran escala es posible bajo escenarios de calentamiento persistente.
Comprender estos mecanismos y su impacto potencial es crucial para anticipar los riesgos y diseñar estrategias de mitigación eficaces frente al cambio climático actual y futuro.
Referencias: Nature Communications