Imagina un mundo ancestral, sin árboles ni animales. La Tierra era un lugar inhóspito, marcada por temperaturas extremas y salpicada de pequeños estanques congelados. En ese escenario, un equipo de químicos de la University College de Londres y del Laboratorio de Biología Molecular del MRC ha dado con una pista clave sobre el mayor misterio de la biología cómo las primeras moléculas de ARN, precursoras del ADN, comenzaron a copiarse a sí mismas y abrieron la puerta a la vida tal como la conocemos.
Durante años, los científicos chocaron contra un obstáculo casi infranqueable las hebras de ARN, al enredarse en dobles hélices firmes como el velcro, resultaban imposibles de separar sin el auxilio de enzimas complejas. La hazaña del equipo británico fue recrear en laboratorio condiciones similares a las de la Tierra primitiva. Utilizaron alternancias de ácido y calor para separar las hebras, seguidas de rápidos ciclos de enfriamiento y congelación. Así lograron lo que parecía inalcanzable.
El secreto reside en los “tripletes” bloques de ARN de tres letras. Bajo el agua fría, estos tripletes se adhieren a las cadenas y evitan que se vuelvan a unir demasiado rápido, permitiendo que la información se copie antes de que la doble hélice se cierre.
Las vetas de salmuera líquida que rodean los cristales de hielo ofrecen el entorno ideal. Allí, sin la ayuda de enzimas, el ARN logró autorreplicarse en condiciones sorprendentemente plausibles para la Tierra primitiva. Un avance que cambia las reglas del juego.
El ciclo es sencillo y revolucionario los tripletes protegen la cadena en los espacios líquidos entre el hielo. Cuando este se derrite y vuelve a congelarse, el proceso reinicia. Las hebras de ARN pueden alargarse hasta alcanzar longitudes capaces de desempeñar funciones biológicas.
Philipp Holliger y James Attwater, autores del estudio, subrayan que este proceso solo habría sido posible en estanques de agua dulce. La sal, presente en el agua marina, impide que los tripletes alcancen la concentración necesaria. Además, los tripletes que utilizaron no existen en la biología actual, lo que sugiere una química de la vida mucho más flexible y primitiva, anterior al surgimiento de proteínas o enzimas complejas.
Este hallazgo da un giro a la hipótesis del “mundo de ARN”. Por primera vez, la ciencia puede observar en laboratorio un mecanismo plausible para la autorreplicación de ARN en la Tierra primitiva, sin la ayuda de moléculas complejas. La idea de que la vida pudo surgir de procesos simples, en ambientes cambiantes y sin herramientas sofisticadas, cobra fuerza.
El experimento se inspira en paisajes naturales lagos, charcos geotérmicos o rincones donde rocas calientes y atmósferas frías se encuentran y ofrecen ciclos de temperatura y pH ideales para que el ARN “aprendiera” a copiarse. Aunque el artículo se centra en la química, los autores insisten en que el origen de la vida fue probablemente un proceso multifacético, en el que ARN, péptidos, lípidos y otros ingredientes primordiales se combinaron para dar lugar a los primeros sistemas vivos.
En los últimos años, la ciencia ha demostrado que la Tierra primitiva no solo podía generar ARN, sino también aminoácidos, péptidos, lípidos y precursores de vitaminas, todos a partir de moléculas simples y ambientes geológicamente plausibles. Paso a paso, el misterio del origen de la vida se convierte en una historia tangible y reconstruible en el laboratorio.
Referencias: 10.1038/s41557-025-01830-y