El volcán Etna se encuentra en el límite entre la placa africana y la placa euroasiática, una zona de alta actividad tectónica. A diferencia de otros volcanes que pueden permanecer inactivos por siglos, el Etna ha estado en erupción constante durante miles de años. Su actividad es impulsada por la subducción de la placa africana bajo la euroasiática, lo que genera grandes cantidades de magma que buscan salir a la superficie.
La frecuencia de sus erupciones varía, desde pequeñas explosiones de lava hasta eventos más grandes con emisión de cenizas que pueden afectar el tráfico aéreo. En los últimos años, el Etna ha registrado varias erupciones de importancia, algunas de las cuales han obligado a evacuar poblaciones cercanas y han cubierto de ceniza ciudades como Catania.
Los principales riesgos del Etna incluyen flujos de lava, caída de ceniza volcánica y la posibilidad de terremotos relacionados con su actividad. Aunque las erupciones del Etna suelen ser más efusivas que explosivas, los flujos de lava pueden destruir carreteras, cultivos y viviendas. Además, las nubes de ceniza representan un riesgo para la aviación y la calidad del aire en Sicilia.
A pesar de los riesgos, la población local está acostumbrada a convivir con el volcán, y la comunidad científica monitorea constantemente su actividad. Gracias a sistemas avanzados de detección, los expertos pueden predecir con cierta anticipación cuándo una erupción podría volverse peligrosa, permitiendo medidas de evacuación y seguridad.