Un fósil que permaneció 130 años en las colecciones del Museo de Zoología Comparada de Harvard, bajo una clasificación incorrecta, ha resultado ser uno de los descubrimientos evolutivos más relevantes de la década. El estudio, publicado en Communications Biology, redescribe a Palaeocampa anthrax como el primer lobopodio no marino conocido, lo que desafía la creencia previa de que estos organismos primitivos habitaban exclusivamente en ambientes oceánicos.
Durante años, Palaeocampa anthrax fue erróneamente etiquetado como una oruga, un gusano e incluso un poliqueto marino. Sin embargo, nuevas técnicas de análisis y la revisión de más de 40 ejemplares fósiles de yacimientos en Estados Unidos y Francia han revelado su verdadera naturaleza: un animal con características anatómicas únicas, cubierto de espinas y dotado de patas lobuladas.
El hallazgo fue posible gracias al trabajo de Richard Knecht y su equipo, quienes aplicaron métodos como la microscopía electrónica y espectroscopía infrarroja para identificar detalles conservados en el fósil. Estos análisis demostraron que las espinas contenían restos químicos compatibles con toxinas defensivas, lo que sugiere que el animal contaba con mecanismos de protección contra depredadores en entornos de agua dulce.
Hasta ahora, los lobopodios se conocían sobre todo por ejemplares del periodo Cámbrico encontrados en el esquisto de Burgess, en Canadá, y siempre en contextos marinos. El estudio de Harvard demuestra que estos organismos ya habían colonizado ambientes de agua dulce y posiblemente terrestres decenas de millones de años antes de lo que se pensaba.
El descubrimiento resuelve un antiguo enigma sobre los fósiles de Montceau-les-Mines, en Francia, que se creían marinos pero que, según las nuevas evidencias, correspondían a un antiguo ecosistema de agua dulce. Esta reinterpretación amplía la diversidad ecológica de los lobopodios y sugiere una mayor plasticidad evolutiva en los artrópodos primitivos.
El caso de Palaeocampa anthrax ilustra la importancia de reexaminar los fondos de los museos, donde muchas veces reposan ejemplares cruciales para la ciencia sin haber sido correctamente identificados. Los autores destacan que estas colecciones, repartidas por museos de Estados Unidos y Francia, siguen siendo una fuente inagotable de información para la paleontología moderna.
Según el equipo de Harvard, el pariente más cercano de Palaeocampa es Hadranax, un lobopodio cámbrico hallado en Groenlandia, aunque existen diferencias morfológicas clave. Este hallazgo plantea nuevas preguntas sobre la transición de los animales del agua al medio terrestre y sobre la verdadera diversidad de formas de vida en el Paleozoico.
En palabras de los investigadores, este hallazgo no solo cambia la historia evolutiva de los lobopodios, sino que también demuestra cómo un ejemplar "oculto a plena vista" puede transformar la comprensión de todo un grupo animal.