Durante décadas, se pensó que en la mayoría de los primates los machos eran socialmente dominantes sobre las hembras. Sin embargo, estudios recientes demuestran que la realidad es mucho más compleja y diversa. Analizando 121 especies de primates, los investigadores han revelado que las relaciones de poder entre machos y hembras varían de forma significativa según la especie y el contexto ecológico y social.
Uno de los hallazgos más sorprendentes es que las competencias entre machos y hembras son mucho más frecuentes de lo que se pensaba, representando casi la mitad de todos los encuentros agonísticos. En menos del 20% de las poblaciones estudiadas, los machos ganan la inmensa mayoría de estas competencias, lo que contradice la visión tradicional de la dominancia masculina universal en los primates.
La dominancia femenina suele surgir en especies donde las hembras ejercen un mayor control sobre la reproducción, como en sistemas monógamos o en especies monomórficas y arbóreas. En estos casos, las hembras pueden negociar o limitar el acceso reproductivo, desplazando el equilibrio de poder a su favor. La competencia intensa entre hembras, especialmente en especies que viven en pareja o de forma solitaria, también favorece el surgimiento de relaciones dominantes femeninas.
Por el contrario, la dominancia masculina predomina en especies terrestres, poligínicas y sexualmente dimórficas. En estos contextos, la mayor fuerza física y las armas naturales como los colmillos otorgan a los machos ventajas claras en las competencias directas, perpetuando jerarquías lideradas por ellos y facilitando la monopolización de las hembras reproductivas.
Los factores sociales, como el tamaño de los grupos y la proporción de sexos, también influyen en la evolución de la dominancia. En sociedades con proporciones adultas equilibradas y alta competencia femenina, es más probable encontrar hembras con poder relativo sobre los machos. La filopatría femenina (cuando las hembras permanecen en el grupo natal) refuerza estos vínculos y facilita la formación de coaliciones entre hembras, potenciando su influencia social.
El estudio destaca que la dominancia intersexual no es un rasgo estático, sino un fenómeno evolutivo dinámico, sensible a cambios en la ecología, el sistema de apareamiento y la estructura social. Incluso dentro de una misma especie pueden observarse patrones variables, dependiendo de factores locales y de la historia particular de cada grupo.
Estos hallazgos no solo desafían ideas preconcebidas sobre la naturaleza de las jerarquías en los primates, sino que también aportan claves para comprender el origen de los roles de género en las sociedades humanas. La variedad de modelos observados en nuestros parientes evolutivos sugiere que los patrones de poder entre sexos han sido moldeados por múltiples presiones ecológicas y sociales a lo largo del tiempo.
La evolución de la dominancia entre machos y hembras en los primates refleja un mosaico de estrategias adaptativas, donde el control reproductivo, la competencia intra e intersexual y la cooperación juegan papeles clave. Esta diversidad en la estructura social animal permite reflexionar sobre la flexibilidad y el origen de las relaciones de poder también en la especie humana.
Fuente: PNAS